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CARTA PASTORAL DE CONVOCATORIA A PREPARAR
Trienio de Preparación I El Centenario, una gran cita de nuestra Iglesia con el Señor III El Centenario a la luz de los Orígenes IV Un repaso de la vida y acción de nuestra Iglesia Diocesana V Las líneas fundamentales del Trienio de Preparación VI Con la absoluta certeza de su Presencia VII En la maternal compañía de la Virgen
Introducción Al acercarse el Centenario de nuestra Iglesia de Catamarca, con el corazón jubiloso por la designación de mi Obispo Coadjutor, Mons Luis Urbanc, y después de haber recibido el parecer del Consejo Presbiteral y del Consejo Diocesano de Pastoral, he visto conveniente que, para la celebración del mismo, nos dispongamos todos los fieles con un Trienio de preparación, cuyo lanzamiento es el propósito de esta carta, que como Obispo les dirijo a todos mis hermanos en la fe católica. Al comenzar este tiempo de preparación quiero proponerles, por una parte, algunas consideraciones sobre algunos rasgos que habrán de caracterizar el Centenario y el espíritu con que deberíamos celebrarlo, por otra, las líneas fundamentales de reflexión y acción que marcarán el Trienio. I
El Centenario,
una gran cita de nuestra Iglesia con el Señor Al respecto quiero invitarlos a que contemplemos juntos el pasaje evangélico en que me he apoyado para proponerles los pensamientos y sentimientos que han de animar este camino de preparación. Lo he tomado del Evangelio según san Mateo y dice así: “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” ( Mt 28,16-20) “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado”(Mt 28,16). Esta cita del Señor con sus discípulos marcará un hito fundamental en la vida de los mismos, es decir, en la vida de la Iglesia. Por un lado, concluirá una manera de relacionarse con el Señor, la de los sentidos, los discípulos tendrán que dar paso a la fe; por otro, concluirá también un modo de presencia, la presencia físico-corporal del Señor, la fe de los discípulos tendrá que descubrir la presencia del Señor en aquellas mediaciones que tomarán, en cierto modo, el lugar de su cuerpo físico. Por último lo que hasta ahora estaba en las manos propias de Jesús, Él lo pone en las manos de sus discípulos. El Señor los cita a Galilea, es decir, al lugar donde tuvo origen el ministerio público de Jesús, el encuentro con los primeros discípulos y la invitación a seguirlo. La cita se dio en una montaña, un espacio físico frecuentemente elegido por Dios para darse a conocer y para poner en las manos de los hombres tareas muy importantes. A la luz de esta escena evangélica he interpretado que ahora como en aquella oportunidad, el Señor ha dado cita a sus discípulos, en aquella oportunidad a los once, ahora a nosotros, los discípulos que formamos la Iglesia de Catamarca. En aquella oportunidad en una montaña de Galilea, ahora en el Centenario. Por eso, los invito a imaginar el Centenario como un alto monte en el que nuestra Iglesia de Catamarca celebrará una gran cita, un especial encuentro con su Señor. Un particular encuentro con Jesús resucitado que se constituirá para nosotros en un año de gracia, un año jubilar en el que por todos los medios posibles procuraremos que el Señor de nuevo nos muestre su rostro glorioso, y de nuevo por medio de la luz y de la fuerza del Espíritu Santo nos confirme en nuestra misión. En aquella oportunidad los discípulos tuvieron que hacer un camino para encontrarse con el Señor, efectivamente tuvieron que ir desde Jerusalén a Galilea. Así también lo haremos nosotros. A partir de ahora comenzamos un camino de preparación para el Centenario, un camino para no llegar apresurados, un camino para que el gran encuentro no sea malogrado por la improvisación. II El Señor citó a los discípulos a Galilea, es decir, al lugar de los orígenes, al lugar de los primeros encuentros, al lugar en que lo conocieron y empezaron a seguirlo atraídos por su irresistible llamado. Al comenzar este Trienio, quiero invitarlos a que volvamos nuestra mente y nuestro corazón a nuestros orígenes, como preguntándonos: Iglesia de Catamarca ¿Qué dices de ti misma? ¿De dónde vienes? ¿Dónde están tus comienzos? “Y dijo el Señor a los once: Vayan por todo el mundo y hagan que los hombres sean mis discípulos.”(Mt 28,19) Sin temor a dudas, podemos y debemos afirmar que en estas palabras del Señor resucitado, que hunden sus raíces en el designio eterno del Padre Celestial, se encuentra el origen temporal de nuestra Iglesia de Catamarca. Somos fruto de la dimensión y acción apostólica de la Iglesia Católica. Somos fruto del cumplimiento del mandato que Jesús dio a los once:” Vayan por todo el mundo y hagan que los hombres sean mis discípulos.” En efecto, fue cumpliendo ese mandato que llegaron los primeros evangelizadores a estas tierras y bajo el impulso del Espíritu Santo llevaron a cabo la “plantatio Ecclesiae”, es decir, la plantación de la Iglesia. Esa primera siembra que comenzó a fines del siglo XVI vino de la mano de misioneros jesuitas, franciscanos y mercedarios cuyo trabajo evangelizador no sólo se dirigía a los colonos españoles sino también a los nativos, regando muchos de ellos con su propia sangre la semilla de la Palabra divina. Una vez hecha la primera evangelización, le tocó organizar y consolidar la vida eclesial de esos fieles al segundo obispo del Tucumán, el ilustre Mons. Fernando de Trejo y Sanabria, sucesor del conocidísimo Fray Francisco de Victoria, que se hizo cargo de su sede episcopal de Santiago del Estero en el 1596. Este gran obispo que se dedicó con esmerado empeño a atender su extensa diócesis que abarcaba Tarija, Jujuy, Salta, Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, La Rioja, San Juan, Córdoba, San Luis y Mendoza, para que la feligresía que residía en estas tierras catamarqueñas gozara de una mejor atención pastoral, creó los primeros territorios eclesiásticos llamados en aquel entonces Curatos. Así dotó al territorio catamarqueño de tres Curatos con sus respectivos sacerdotes: el del Valle, que abarcaba todo el Valle central, Ambato y Paclin, el de Londres, que se extendía por todo el Oeste y el de Maquijata que comprendía todo el Este y parte de Santiago. Y mientras la Iglesia en estas tierras se iba poco a poco edificando, hacia el 1620 el Señor hizo manifiesta la presencia maternal de la Virgen Madre de Cristo con el hallazgo de la imagen de la pura y limpia Concepción, la cual poco a poco, fue adquiriendo el nombre de Virgen del Valle. Esta particular manifestación de la presencia y protección de la Santísima Virgen entre los habitantes del Valle fue decisiva para la formación de nuestra Iglesia y también para la fundación de Catamarca. La devoción a la Virgen del Valle reconocida como Madre y Esperanza nuestra comenzó a centrar nuestra vida eclesial, concitó la adhesión filial de los cristianos del Noroeste Argentino y de otras latitudes y contribuyó en gran manera a la identidad de nuestra Provincia. Durante las calendas del 1700 aquellos que habían traído por primera vez el Evangelio a estas tierras se preocuparon por fijar residencia. La comunidad eclesial se vio enriquecida por la presencia de franciscanos, jesuitas y mercedarios que no tan sólo se dedicaron al progreso de la vida espiritual de los fieles sino que pusieron un especial énfasis en la tarea educativa ofreciendo la enseñanza primaria y secundaria. En este período fueron creadas la Parroquias de la Inmaculada Concepción en el Departamento de El Alto, y de la Inmaculada Concepción en el Departamento de Ancasti, Antes de concluir esa centuria, la generosa iniciativa de algunas cristianas daría a luz una especie de internado para niñas y jóvenes huérfanas y de familias nobles en el que se le proporcionaba educación cristiana y rudimentos de enseñanza primaria. El obispo del Tucumán por ese entonces, Mons San Alberto en su visita pastoral confirmó esta obra y realizó los trámites pertinentes para que esa pequeña comunidad formativa llegara ser el primer Colegio para niñas que sería regenteado por la Hermanas Carmelitas. Lo cual se concretaría la primera década del siglo siguiente. En el siglo XIX algunos acontecimientos de envergadura histórica le exigieron a la Iglesia peregrina en Catamarca un nuevo tipo de compromiso con la sociedad. Por un lado, lo propiamente eclesial: la Diócesis del Tucumán a la que pertenecíamos se desmembró y nuestra comunidad eclesial empezó a depender del Obispado de Salta, y por otro, el nacimiento y organización de la Nación y la autonomía y la organización de nuestra Provincia. La nueva situación eclesiástica produjo algunos cambios en el gobierno pastoral de estas tierras; y los que se produjeron en el régimen político, significaron para nuestra comunidad eclesial desafíos que no podía ni debía eludir y en los cuales se involucró con tan evangélico equilibrio que su finalidad religiosa no quedó disminuida ni mancillada. En efecto, el proceso que culminó en la Independencia nacional, la posterior declaración de la autonomía provincial y la consolidación de la Nación, fijada en sus líneas fundamentales con la promulgación de nuestra Carta Magna, tuvieron en nuestra Iglesia, tanto pastores como fieles laicos, generosos y decididos protagonistas.¿Cómo no recordar en este momento a Olmos de Aguilera, a los sacerdotes Manuel Acevedo, Eusebio Colombres, Alejandrino Zenteno y al insigne Fray Mamerto Esquiú? Ciertamente párrafo especial requiere la memoria del Gran Fraile Catamarqueño que camina hacia los altares. Fue una lumbrera para su época. Todo de Dios y todo para los hombres. Su pertenencia a Dios la vivió en el Carisma de San Francisco de Asis: oración, pobreza, austeridad, obediencia, servicio incansable a la Iglesia que tuvo su corona en su condición de Pastor de la Diócesis de Córdoba, de la que lamentablemente, pocas veces se hace referencia. Su solidaridad para con sus hermanos lo empujó involucrarse activamente en los momentos duros y sombríos de nuestra Patria: orador de la Constitución, vicepresidente de la Segunda Convención Constituyente que dictó la segunda Constitución de Catamarca, diputado provincial, consejero del Gobierno. Con su vida, con su palabra, con sus obras, echó luz sobre la Iglesia y sobre la Nación. Nos mostró que la condición de cristiano y la de ciudadano son inseparables. Es un punto de referencia seguro de nuestro Centenario, para renovar nuestra Iglesia, deberá serlo del Bicentenario, para renovar nuestra Patria. Esta participación activa en la construcción política tanto de Nuestra Patria Grande como de nuestra Patria Chica no significó para la comunidad eclesial un empobrecimiento de su tarea propiamente pastoral. Al contrario, pues, en este siglo se crearon ocho parroquias que abarcaban el territorio de ocho departamentos (Ambato, Capayán, Piedra Blanca, Paclin, La Paz, Andalgalá, Saujil, Tinogasta) lo cual significó una mejor atención espiritual de los fieles por sus respectivos párrocos. Más aún, nuestra Comunidad se vio enriquecida con la llegada de las Hermanas Carmelitas, las del Buen Pastor y las del Huerto quienes se dedicaron a la promoción educativa de la mujer y de las cuales nuestra Iglesia y la comunidad civil han recibido cuantiosos frutos. Por último, el culto a la Madre del Valle afianzó su raíces y difusión, y el reconocimiento filial de su presencia protectora se expresó en la construcción del Santuario concluida en 1875, en la renovación del Juramento como Patrona de toda la Provincia de Catamarca en 1888 y en la Coronación Pontificia de la Sagrada Imagen que se llevó a cabo el 12 Abril de 1891. Tres días después, el 15 de Abril era bendecido el edificio del Seminario que al mes siguiente comenzaría a funcionar conducido por los Padres Lourdistas venidos desde Francia. ¿Cómo no mencionar en este párrafo al Vicario José Facundo Segura a quién la Providencia Divina puso al frente para promover y llevar a cabo todas estas obras? Con la presencia del Santuario de la Virgen del Valle y su Imagen coronada, con el inicio de la formación de sacerdotes en un Seminario propio y una feligresía cada vez más numerosa y organizada, la Iglesia en Catamarca fue tomando fisonomía e identidad propias. La semilla del evangelio que había sido plantada varios siglos atrás había dado sus frutos. La comunidad eclesial catamarqueña ya se hallaba en condiciones de moverse por sí misma. Sólo le faltaba tener un Obispo como pastor propio para convertirse en una Iglesia particular, es decir, en una Diócesis. La centuria concluiría con este anhelo en el corazón de muchos hijos de la Iglesia. Antes de concluir la primera década del siglo XX, se crea la Parroquia de Santa Rosa de Lima en el Departamento homónimo, y en 1907, se inaugura en Belén el Santuario de Nuestra Señora de Belén donde se venera la imagen homónima de la de la Virgen que desde Diciembre de 1681 fue declarada Reina y Patrona de todo el Departamento. Fue este el primer Santuario de nuestra Provincia. Nos encontramos pues en la centuria de ese acontecimiento que llena de júbilo a toda nuestra Iglesia. El deseo de constituir una Iglesia particular con un territorio eclesiástico determinado y de tener un obispo como pastor propio de los fieles catamarqueños fue asumido por el Congreso de la Nación en la promulgación de la ley Nº 6.771 del año 1909. El Gobierno de la República Argentina en nombre propio y en el de los fieles elevó al Santo Padre Pío Décimo los votos para que se erigiera la Diócesis de Catamarca y el mismo Pontífice dando curso favorable a la petición, decretó y declaró erigida la Nueva Diócesis de Catamarca mediante la Bula Soliccitudine del 5 de Febrero de 1910, designando como Obispo a Mons Bernabé Piedrabuena, quien se hizo cargo de la misma el 20 de Abril de 1911. A partir de ahí comenzó nuestra vida e historia como Iglesia particular de Catamarca; ese fue el inicio del Centenario que nos disponemos a celebrar. Al realizar este recuerdo sucinto, aún con el riesgo de haber sido parcial, he pretendido hacer aquella experiencia sugerida por el ícono evangélico que he tomado como referencia. El Señor citó a los discípulos a Galilea, es decir, al lugar de los orígenes de su relación con ellos. En efecto, he tratado de que como Iglesia volviéramos nuestros ojos aquellos acontecimientos donde hunde sus raíces nuestra Iglesia de Catamarca. Qué edificante sería que cada Parroquia, Congregación religiosa, Institución o Movimiento eclesial, que cada Colegio Católico hiciera en este tiempo esta vuelta a sus comienzos para mostrarnos a todos los aportes que hicieron a la edificación eclesial. III
El Centenario a
la luz de los Orígenes Los orígenes nos han mostrado algunos elementos que hacen a nuestra identidad eclesial, que nunca los hemos de perder de vista y que deberemos renovar y afianzar en la celebración del Centenario. El Anuncio de la Persona y la Obra de Jesucristo En primer lugar está el hecho de que hemos nacido del mandato que Cristo dio a sus apóstoles. Los primeros evangelizadores vinieron a predicar a Jesucristo y vinieron como apóstoles o enviados no por cuenta propia. Esto será absolutamente fundante y fundamental para la vida y misión de nuestra Iglesia particular: Es Jesucristo a quién siempre y en primer lugar hemos de anunciar y con la conciencia de que continuamos la misión que recibieron los Apóstoles y de que la fidelidad a los Apóstoles nos evitará el peligro de correr en vano. Por eso el Centenario habrá de constituirse por una parte, en una gran profesión de fe en Jesucristo, una profesión convencida y responsable en que nuestra Iglesia particular proclame a viva voz y ante todos los hombres:” Cristo Ayer, Hoy y Siempre. Camino, Verdad y Vida. Amigo y hermano, Maestro y Salvador de todos los pueblos” y por otra, en una manifestación de comunión de fe y amor con el Papa Benedicto y con toda la Iglesia de cuya apostolicidad y catolicidad nos confesamos fruto y expresión. La conciencia y la práctica de la misión Ha sido notable la acción y la conciencia misionera no tan sólo de los primeros evangelizadores sino la de todos aquellos que prosiguiendo la tarea recorrieron a lo largo y a lo ancho el territorio catamarqueño para sembrar el Evangelio. Este particular aspecto de nuestros orígenes será siempre medular en la identidad y en el programa pastoral de nuestra Iglesia. La conciencia, la actitud, la acción y el ardor misioneros serán una medida clara y precisa para saber si estamos siendo la Iglesia que nos dejaron nuestros padres. ¿No será acaso que muchas cosas están como están porque en vez de ir hemos preferido esperar?¿ No será que hemos dejado de ir porque ha disminuido el fervor? ¿Y por qué habrá disminuido el ardor? El Centenario será para nuestra Iglesia una renovación del mandato misionero: otra vez, volveremos a escuchar de Jesús: “Vayan por todo el mundo” y otra vez, tendremos que estar dispuestos a asumirlo, a ser y a comportarnos como una Iglesia misionera, una Iglesia impetuosa que vaya más allá de las fronteras. La Devoción Mariana Otro aspecto determinante es la dimensión mariana de nuestra historia y fisonomía eclesiales. La Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, en su humilde imagen de la pura y limpia concepción, reconocida y confesada como la Virgen del Valle, ha modelado con su presencia, intercesión y protección no tan sólo el rostro espiritual de nuestra Iglesia sino también su modo de llevar a cabo la tarea evangelizadora. La Virgen del Valle, Madre y Esperanza nuestra: esta es la particular riqueza y el carisma con que la Trinidad ha revestido a nuestra Iglesia de Catamarca en servicio de la Iglesia toda y de todos los hombres. Sin embargo, es necesario que lo recordemos y que nunca lo dejemos de mencionar, nuestra devoción a la Virgen, nuestro Culto a la Virgen y nuestro amor a la Virgen no se entenderán ni serán auténticos sin la comunidad eclesial como medio, sin Jesucristo como centro y sin la Trinidad como fin. Un culto a la Virgen al margen de la fe y de la vida de la Iglesia, que no nos conduzca al encuentro con el Señor Jesús y que no se convierta en adoración de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo entrará en el peligroso e ineficaz camino de la superstición o de la idolatría. Más aún, si el culto a la Virgen no nos compromete a vivir los valores del Evangelio convertiremos en barniz a quien el Señor ha dejado como Madre y Modelo para que nos ayude a cambiar y transformar nuestra vida desde adentro. El Centenario, cuya preparación pongo ya en las manos entreabiertas de la Virgen para que con susurro maternal lo vaya amasando, será una nueva oportunidad para que reconozcamos el Patronazgo de la Madre del Valle y también para que renovemos el carácter trinitario, cristocéntrico y eclesiológico de nuestra filial devoción. La promoción integral del hombre Otro componente de la configuración de nuestra Iglesia ha sido su compromiso con la promoción integral del hombre, con la promoción humana. ¿Acaso no ha quedado esto patente en el esfuerzo y el ingenio puesto por la comunidad eclesial en proporcionar educación humana y cristiana a hombres y mujeres? Aunque la educación es la columna vertebral de todas las dimensiones de la promoción humana no se agota en ella. Hay otros aspectos como el reconocimiento de la dignidad de hombre y de sus derechos fundamentales, la oportunidad de acceder a un trabajo estable y de tener una vivienda digna, la posibilidad de constituir una familia y de ejercer con equilibrio la propia libertad para construir un proyecto de vida, que integran una plena promoción del hombre. Los que sembraron el Evangelio en estas tierras no sólo tuvieron que vérselas con las necesidades espirituales de los nativos y de los españoles sino que afrontaron desde el Evangelio predicado el desafío de ofrecer todo lo que desde el punto de vista humano ayudaría a mejorar las condiciones de vida de los evangelizados. Hoy como ayer, aunque la situación ha cambiado, el hombre a quien se dirige nuestra tarea sigue teniendo las mismas necesidades humanas básicas; no tenerlas en cuenta, no asumirlas, sería renegar de la Encarnación del Hijo de Dios y una grave reducción de la vida nueva y del hombre nuevo que predicamos. El Centenario se nos presentará como una nueva ocasión para que nuestra Iglesia particular asuma con mayor claridad y decisión los lazos existentes entre evangelización y promoción humana. El carácter de Jubileo con que viviremos el Centenario nos ayudará a impulsar y a reclamar gestos concretos de liberación según el espíritu bíblico: liberación del pecado, liberación de las deudas injustas, liberación de las esclavitudes y de las múltiples formas de opresión. El compromiso con el Bien Común Por último, hay un aspecto más, que ha sido parte destacada en la presencia y acción de nuestra comunidad eclesial y que no podríamos dejar de lado, su compromiso con el Bien Común. Su participación en la declaración de la Independencia Nacional, de la Autonomía Provincial y en la elaboración, promulgación y defensa de la Constitución Nacional han sido los gestos de mayor relevancia, pero no se agotó en esas instancias. Se trata pues de una herencia eclesial irrenunciable, una tarea de tanta envergadura que hace creíble nuestro servicio a la sociedad y que pone de manifiesto que la esperanza que nos hace peregrinos del cielo no nos convierte en fugitivos del suelo( cfr. NMA 74 ). El Centenario será un tiempo oportuno para que los hijos de esta Iglesia, como signo concreto de su compromiso con el Bien Común, promuevan el abandono de los intereses sectarios y mezquinos que nos dividen y enfrentan, y en un diálogo fraterno y generoso construyamos un Proyecto de todos y para todos. Nuestro Centenario acontecerá al mismo tiempo que el Bicentenario de nuestro primer grito de libertad. Esto implicará que como Iglesia habremos de ver en qué y con qué haremos nuestro aporte para reconstruir nuestra querida Nación. IV
Un
repaso de la vida y acción de nuestra Iglesia Diocesana “...hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”(Mt 28,19-20) Las palabras del Señor a los once expresan claramente el cometido de la misión que reciben del Salvador: hacer que los hombres se conviertan en discípulos, en seguidores de Cristo, es decir, en cristianos. Más aún, les indican los medios para iniciarlos y sostenerlos en este seguimiento: el Bautismo (inicio y puerta de los demás Sacramentos) la enseñanza y escucha de la Palabra y el cumplimiento de su mandatos que se sintetizan en el amor y el servicio. Teniendo como referente el mandato y las indicaciones precisas del Señor haremos un repaso a grandes rasgos de lo que como Iglesia o Diócesis de Catamarca hicimos durante estos casi cien años de vida para hacer efectiva la misión encomendada. Y como el Obispo es el Pastor que fija el rumbo al rebaño, me fijaré en el actuar de mis predecesores, expresión de las necesidades y las opciones eclesiales de cada tiempo. Mons Bernabé Piedrabuena (1911-1923) El Primer Obispo, Mons Bernabé Piedrabuena, condujo los primeros trece años de vida de nuestra Diócesis. Fue su primera preocupación conocer al pueblo a él encomendado, compartir sus necesidades y sus reclamos espirituales y materiales. Esto lo movió a recorrer incasablemente su extensa diócesis, sosteniendo y confirmando el trabajo de los sacerdotes y la fe de la gente. Testigo de la pobreza, especialmente de las poblaciones del interior, hizo oír su voz ante las autoridades nacionales para hacerle conocer esta realidad y pedir soluciones. Otra dimensión en la que puso su corazón y sus desvelos fue el sostenimiento del Seminario para lo cual no dudo en golpear cuanta puerta pudo y en invertir todos los recursos a mano. Allí se formaban los sacerdotes no tan sólo para Catamarca sino también para Salta, Santiago del Estero y Tucumán. Se suma también a sus intereses la educación de los niños y jóvenes. Y su insistencia en la educación moral de las generaciones especialmente en el aporte que a este aspecto hace la enseñanza religiosa, logra que esta asignatura no sea apartada de las escuelas a pesar de la ley 1420. Esta iniciativa del Obispo fue acompañada por los padres de familia que se dieron cuenta de que estaba en juego la formación en los valores morales, médula de la construcción de la sociedad. Fue en este período en que los Padre Claretianos, llegados a estas tierras en 1903, recibieron un gran espaldarazo del primer Obispo que se concretó en la gran ayuda que les dio para la terminación del templo dedicado al Inmaculado Corazón de María. Por último, no puedo dejar de destacar el celo con que este Obispo promovió el culto a la Madre del Valle que se manifestó de modo ostensible en la celebración solemne del XXV aniversario de su coronación en el 1916 para la cual el Papa Benedicto XV envió un delegado suyo el que llegó con una gran comitiva de Obispos que fueron recibido por más de veinte mil personas. En carta dirigida al mismo sumo pontífice, Mons. Piedrabuena le cuenta que en esa oportunidad hubo veinte mil comuniones, haciéndole notar que en los días de las fiestas marianas la población que son unos 12 mil habitantes suele duplicarse. En 1923 es trasladado a Tucumán y desde allí conduce a nuestra Iglesia como administrador apostólico hasta 1927. La provisión de un nuevo Obispo estuvo demorada seguramente por el conflicto entre la Santa Sede y el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear a propósito del nuevo Arzobispo de Buenos Aires. Mons Inocencio Dávila y Matos (1927-1930) Resuelto el problema, fue elegido para Obispo de nuestra Diócesis Mons Inocencio Dávilas y Matos, oriundo del interior de Córdoba. Gobernó la Diócesis desde 1927 hasta 1930. A pesar de la brevedad su episcopado dejó huellas en la vida diocesana. El santuario de la Virgen, hecho Catedral por el Papa San Pio X al crear la Diócesis, no contaba con el Cabildo Eclesiástico que era un organismo compuesto de sacerdotes que se encargaba de dar solemnidad al Culto catedralicio y de ayudar al Obispo en el gobierno de la Diócesis. Su aporte específico al culto mariano y a la organización de la vida pastoral fue la creación de este organismo. Es de destacar el decreto del Obispo en 1929 por el que autoriza a los Canónigo a celebrar la Misa dos veces en el día para que pudiesen ofrecer su servicio sacerdotal al Regimiento de Infantería, al Servicio penitenciario carcelario, a la Sala Cuna y al Asilo Esquiú para mendigos. Para poder mejor conocer a su diócesis hizo un relevamiento de las parroquias y las congregaciones religiosas y puso en marcha las visitas pastorales a todas ellas, las que ordenaba preparar con una misión.¿Cómo no rescatar la integración de Evangelio y cuidado y promoción de la dignidad humana llevada a cabo por los religiosos? Lo Padres Claretianos mantenían una escuela nocturna para obreros, los Franciscanos sostenían el Colegio Quintana, un Asilo de Ancianos y otro de Niños Huérfanos, una Biblioteca Popular y acercaron a un numeroso grupo de laicos, que asimilando la espiritualidad de San Francisco, constituyeron la Tercera Orden franciscana; la Hermanas del Huerto además del Colegio primario llevan adelante una Academia de música, corte y confección, artes gráficas y la atención del Hospital San Juan bautista; la Religiosas Carmelitas tienen colegio primario y pensionistas; las religiosas del Buen Pastor se encargan de la cárcel de mujeres procurándoles asistencia espiritual y la formación en un oficio y las Hermanas Franciscanas dirigen una Hogar para niñas huérfanas y son enfermeras a domicilio de día y de noche. En esa época llegan a nuestra comunidad eclesial las Hermanas de Cristo Rey que se dedicaron a la atención de la niñez necesitada, a la catequesis y a la educación. Su preocupación por la comunicación, información y formación de los fieles lo movió a crear el Boletín Eclesiástico mediante el cual se ofrecía al clero y al pueblo los documentos de la Santa Sede, los decretos y notas del Obispo, la publicación sobre ciencia, prácticas de la Iglesia. Era publicado mensualmente y estaban obligados a adquirirlo todas la parroquias, instituciones y sacerdotes. En esta línea fundó el periódico católico El Porvenir que funcionaba en talleres propios y que luego se convertiría en el Diario La Unión. En la lista de sus preocupaciones también estuvo el Seminario que tuvo que organizarlo con el Clero diocesano ante la partida de los Padres Lourdistas que lo tuvieron a cargo desde su creación. Fue en ese entonces que logró la residencia de la Hermanas de la Virgen Niña que se dedicarían a la atención y alimentación de los seminaristas y posteriormente a la educación de las niñas, Su muerte no le permitió llevar a cabo su intención de crear un colegio para varones en el que se los instruiría de modo especial para un protagonismo social y político según la doctrina de la Iglesia lo cual se hacía cada vez más necesario. Hasta la designación del Nuevo Obispo que se llevaría a cabo en diciembre de 1932, estuvo al frente de la Diócesis el Pbro Mons Julio Arnedo. En este período se dieron dos acontecimientos que marcarían a fuego la vida y la acción de nuestra Iglesia de Catamarca: por un lado la creación de la Acción Católica y por otro, la creación del Seminario Regional. “ frente el auge del liberalismo y el comunismo el Papa Pío XI hace un llamado especial a los laicos para que estrechen filas en torno a la Iglesia y tomen una posición más comprometida con su jerarquía y funda para esto la Acción Católica El Episcopado argentino no tarda en conformar la versión local y en Mayo de 1931 anuncia la creación de la Acción Católica Argentina mediante una carta colectiva que también fue firmada por Mons Julio Arnedo. El Noviembre de 1931 se procede en Catamarca a la creación de los Consejos Diocesanos y de la Junta Diocesana con la directiva de que la Institución eche raíces en todas las parroquias. En Marzo de 1932 los Obispos de Salta, Santiago del Estero, Tucumán y Mons Arnedo como Vicario Capitular de Catamarca suscriben la creación del Seminario Mayor Regional del Norte y contratan para regentearlo a la Congregación del Verbo Divino de reconocida fama por su preparación científica y por la calidad de sus sacerdotes. Desde entonces y desde su Seminario, la Diócesis de Catamarca se convertirá en una faro que alumbrará a todo el Noroeste Argentino no tan sólo en lo espiritual sino también en lo cultural. Mons Vicente Peira ( 1932-1934 ) En octubre de 1932 es designado nuevo Obispo de Catamarca Mons Vicente Peira, nacido en Chivilcoy, Provincia de Buenos Aires, haciéndose cargo en enero de 1933 hasta su muerte en Marzo de 1934. Su perfil quedó de manifiesto en su misma toma de posesión cuando después de la celebración fue a visitar a los presos en la cárcel y a los enfermos en el hospital. Esta visita fue el preludio de las que haría a cada una de las parroquias. Conocedor del gran poder de formación que tiene la prensa escrita le dedicó mucho de su esfuerzo para que le sirviera de instrumento de evangelización de sus feligreses. Su sensibilidad por las necesidades de la gente en cuanto a la formación de sus conciencias para poder responder a la ideologías socialista y liberal que arrasaban con todo lo movió a escribir una extensa carta pastoral en la muestra los males y contradicciones de esta corrientes. Denuncia con toda valentía las injusticias, incluso las que se dan en la Patria, consecuencias de la negación de la autoridad divina. Y propone al Clero y a los fieles un programa para responder a estos desafíos: la santificación del Clero que redundará en la de los fieles, la adhesión al Obispo y por este al Papa, la vida de oración, la participación en la Misa y la devoción filial a la Santa Madre de Dios. Su muerte produjo un gran pesar en todo el Pueblo de Dios que quedó reflejado en los medios nacionales. Mientras estuvo a cargo de la Diócesis el Pbro. Mons. Fray Luis Costoya, Franciscano de los Frailes Menores, se llevó a cabo el Congreso Eucarístico Internacional en Buenos Aires que antes de la visita pastoral del papa Juan Pablo II a nuestra patria, fue el acontecimiento religioso de mayor envergadura durante el siglo XX en nuestra Patria. Mons. Carlos Hanlon (1935-1959) En Febrero de 1935 es designado como Obispo de nuestra Diócesis Mons. Carlos Hanlon, nacido en el Saladillo, Provincia de Buenos Aires y miembro de la Congregación de los Padres Pasionistas, que se hace cargo en Marzo de 1935. Un verdadero hombre de Dios y de una gran amor a la Virgen, insigne pastor y celoso misionero, que hizo cuatro visitas pastorales a todas la parroquia de este extenso territorio eclesiástico ya en vehículo, ya a caballo e incluso en algunos lugares sólo a pie, padre y amigo de los sacerdotes, que supo llegar a todos, muy espiritual y de porte sencillo, y de una gran valentía y firmeza cuando se trató de defender a la Iglesia. En sus 24 años de conducción pastoral nuestra Iglesia experimentó un gran florecimiento a la vez que tuvo que cargar con la cruz de la persecución. Bajo su guía pastoral nuestra Iglesia celebró en 1941 con brillo y solemnidad las bodas de oro de la Coronación pontificia de la imagen Virgen del Valle que constituyó en un acontecimiento no tan sólo festivo sino en un gran momento de renovación espiritual. Fue para este momento que realizaron los trabajos de las grandes pinturas que se observan en el Santuario y el templete en la Gruta de Choya. En este orden de cosas, el mismo obispo gestionó personalmente en Roma el título honorífico de Basílica Menor para su Iglesia Catedral. Después de casi diez años de episcopado y con la mente puesta en buscar la mejor manera de alcanzar el mayor bien espiritual de los fieles a él confiados, juzgando como uno de los medios más aptos para conseguir este fin, anunció a su grey la impostergable necesidad de convocar el Primer Sínodo diocesano con el objeto de dar a la Iglesia particular una legislación diocesana propia que contemplara las necesidades peculiares y que se ajustase a las nuevas exigencias de la vida moderna. En efecto, el Sínodo Diocesano era una Asamblea de todos los sacerdotes de una Diócesis que convocados por su Obispo se reunían para analizar la vida cristiana de toda la Iglesia particular en todas su dimensiones y la de los distintos miembros, para luego dar normas claras y precisas que los ayudaran a todos según su condición a vivir mejor su condición de cristianos y miembros de la Iglesia. En ese sentido escribía Mons. Hanlon : “hemos de estudiar y considerar a conciencia todo aquello que se refiere a al fe y a las costumbres, a la disciplina del Clero y a la del Seminario, a la Acción Católica, a las Asociaciones piadosas y a los fieles en general, a Nuestro Santuario, a la enseñanza religiosa principalmente a las organizaciones catequísticas, a la administración de los sacramentos, a los diversos campos del apostolado católico y en general al régimen y administración de todos los intereses de la Diócesis.” Entre el 30 de abril y el 4 de mayo se llevaron a cabo las asambleas sinodales y el 1º de Diciembre de ese año 1947 el Obispo Hanlon promulgaba el Documento Sinodal en el cual daba orientaciones precisas y llenas de sabiduría espiritual y pastoral que se constituyeron en el punto de referencia de la vida y acción para toda nuestra Iglesia particular. No se puede dejar de mencionar en este período el florecimiento y el protagonismo que alcanzó la Acción Católica en todas sus ramas y en toda la Diócesis y que se manifestó particularmente en la defensa de la Iglesia cuando la persecución del año 1955. Fue también en esta parte de nuestra historia eclesial cuando comenzamos a contar con la Legión de María, cuyo apostolado tenaz y discreto, se extendió por todo el territorio diocesano hasta el día de hoy, con la Liga de Madres que ha sostenido la vocación y la misión de tantas madres cristianas y con el reconocimiento oficial del Apostolado de la Oración que hasta la actualidad ha promovido la participación en la tarea apostólica de muchos fieles mediante la oración y el ofrecimiento cotidiano de la vida al Corazón de Jesús. Otro aspecto que se debe destacar de este tiempo eclesial es la atención de la Iglesia a la clase obrera que tuvo su expresión concreta en los Círculos de Obreros Católicos y en la JOC (Juventud obrera católica). ¿Y cómo no mencionar que fue durante esta época y por iniciativa del Padre verbita Eugenio Lákatos que nació en nuestra Iglesia el Movimiento Bíblico Católico que luego se extendería a muchas partes del país? En Septiembre de 1952 Mons. Hanlon bendijo y confirmó la iniciativa con un edicto pastoral en el cual establecía que en nuestra Diócesis debía celebrarse todos los años el Día Bíblico y que en el mismo todos los sacerdotes debían predicar a los fieles la importancia de la Sagrada Escritura y exhortarlos a su lectura y meditación. Este día bíblico origino luego las semanas bíblicas. Fue en este momento de su historia en que nuestra Iglesia Diocesana se benefició de la desbordante tarea misionera del “Apóstol de los Niños”, el venerado Padre Claretiano Camilo Melet: ¿Cómo podría olvidarse nuestra Iglesia de las famosas “Misioncitas” en las que Padre Camilo hacía participar a los niños no tan sólo del fervor sino también de la práctica misionera?. Además, durante esta etapa nuestra Diócesis se vio enriquecida con la creación de cuatro nuevas parroquias: la de Ntra. Sra. de Fátima en Fiambalá, la de Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua y San Roque en la Capital. Para pastorear esta última, llegaron a nuestra Diócesis los Padres Franciscanos Capuchinos. Casi al final de esta etapa la Diócesis recibió a las Hermanas de La Sagrada Familia de Nazareth que se establecieron en Belén donde vienen realizando un gran aporte a la catequesis y a la educación. Por último, gran impulso recibió durante este período la prensa no tan sólo por la información que podía brindar sino porque era un instrumento muy valioso para la formación en los valores morales y evangélicos. Al comenzar las fiestas de la Virgen en 1959 el Padre celestial llamó a Mons. Hanlon a la vida eterna, su partida fue muy sentida por toda la grey y las huellas de su acción pastoral no se han borrado de nuestra Iglesia particular. Mons Adolfo Tortolo (1960-1963) En febrero de 1960 el Papa Juan XXII designa como nuevo Obispo de la Diócesis a Mons. al Obispo Auxiliar de Paraná, Mons. Adolfo Tortolo, nacido en 9 deJulio, provincia de Buenos Aires, que se hace cargo de nuestra Iglesia en abril de ese año. Hombre espiritual y de gran lucidez intelectual, de gran apertura para tratar con todos y de todo, devoto de la Eucaristía y de la Virgen y de un profundo amor a la Iglesia. Al comienzo mismo de su episcopado escribió una carta pastoral en la que instaba a todos los fieles a considerar la gracia especial que significaba para Catamarca la presencia de la Virgen del Valle y la misión de constituirse por esta gracia en un centro espiritual para todo el país. Su personalidad carismática le mostró a nuestra Iglesia un camino de diálogo frecuente con el mundo, con todos los ámbitos en los que se desenvuelve la vida de los hombres, con intrepidez hasta con audacia se acercaba a todos los ambientes para iluminar con su presencia y la palabra del evangelio el acontecer concreto de los fieles: bares, calles, plazas, canchas de fútbol, oficinas y comercios fueron impregnados por la presencia y la palabra de este celoso pastor.¿ No fue acaso este hombre de Dios, un anuncio de lo que ,en el Concilio Vaticano II, el Espíritu Santo le pediría, casi exigiría a toda la Iglesia? Su espíritu misionero lo impulsó a visitar toda la Diócesis y llegar a los lugares más remotos de nuestra geografía eclesial para confirmar a sus hijos y hermanos en la fe. Fue en la convicción del poder y de la necesidad de la misión, de ir a todos los hombres y a todos los ambientes con la luz del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia que ideó y promovió la Gran Misión de Catamarca que sólo pudo llevarse a cabo en el Valle central en 1962. Aunque él no pudo estar porque viajó a participar del Concilio Vaticano II, fueron días en que el Evangelio se predico a todos y en todas partes; sacerdotes misioneros de distintas congregaciones junto a una multitud de auxiliares misioneros laicos cumplieron al pie de la letra el mandato de Jesús:”Vayan y hagan que los hombres sean mis discípulos”. Por esta época llegaron a la Diócesis la Hermanas Franciscanas de la Natividad que pusieron su residencia en Valle Viejo dedicándose a la ayuda catequística en al Parroquia de San Isidro y a la educación y cuidado de las jóvenes. Fue también en este tiempo que se organizó la FAC (fraterna ayuda cristiana) institución dedicada a la ayuda de los más pobres, simiente de lo que hoy llamamos Caritas. Fue por estos años que se inició la actividad el Movimiento Familiar Cristiano a través de una comisión promotora. Antes de concluir ese 1962 nuestra Iglesia sufriría dos pérdidas muy dolorosas para su vida y su acción pastoral: una, la muerte repentina del Apóstol de la Prensa Mons Arturo Melo Director de la Unión por más de veinte años, de quien podríamos decir que el Señor lo puso como una atalaya en medio de su pueblo, y la otra, el alejamiento de los Padres del Verbo Divino que durante treinta años condujeron el Seminario Regional; ellos hicieron de esa Comunidad formativa un centro de irradiación espiritual y cultural para todo el Noreste y la Patria. De su labor formativa salieron 160 sacerdotes pero también ayudaron a los párrocos tanto de la Ciudad como de la campaña: enseñaron catecismo, visitaban a los enfermos y fueron grandes asesores de la Acción Católica y de la Legión de María. Cuando Mons Tortolo regresó de Roma, venía ya designado Obispo de Paraná. Mons Fray Pedro Alfonso Torres Farías O.P. En Septiembre de 1962 el Papa Juan XXIII designa como sucesor de Mons. Tortolo a Mons. Pedro Alfonso Torres Farías de la Orden de los Predicadores y oriundo de San Agustin, Calamuchita en la Provincia de Córdoba. A comienzos de 1963 y mientras se esperaba al nuevo Obispo, el Padre celestial llamó junto a sí a otro de los más ilustres, padre y pastor de nuestra comunidad eclesial, el Pbro. Mons. Moisés Varela, Cura Párroco del Santuario de Nuestra Madre del Valle por muchísimos años. Hombre de Dios y de la Virgen, que desde el púlpito y desde el trato personal supo ganarse muchos hermanos para Cristo. Su fama todavía perdura en el corazón y en la mente de muchísimos de nuestros fieles. Mons Torres Farías se haría cargo de la Diócesis en marzo de 1963 y conduciría a nuestra Iglesia por un poco más de 25 años. Pastor prudente y sencillo, de fe profunda, de pocas palabras y de inteligencia práctica muy sagaz. También fue este un Obispo que se preocupó de visitar con espíritu misionero los lugares más alejados de la sede episcopal y participar de las necesites espirituales y materiales de sus feligreses. En este período, los Padres Lourdistas se hicieron cargo de la Parroquia de Ntra Sra del Rosario de Ambato y los Padres Franciscanos tomaron la Parroquia de San José del Dpto Fray Mamerto Esquiú, en 1967, dejaron de pertenecer a nuestra Diócesis los Departamentos de Antofagasta de la Sierra y Santa María que empezaron a formar parte de la Prelatura de Cafayate, y fueron creadas la Parroquias de San José Obrero , Jesús Niño, y del Inmaculado Corazón de María en la Capital. A Don Torres Farías le tocó poner a nuestra Iglesia, en su vida interna y en su acción pastoral, en la sintonía de renovación que el Concilio Vaticano II le imprimió a toda la Iglesia Católica. Con esa finalidad se propuso la formación de los Organismos de comunión y participación que le ayudaran al Obispo a realizar una acción pastoral orgánica y organizada. Poco a poco va apareciendo la constitución del Consejo Presbiteral, el Consejo Diocesano de Pastoral y el Colegio de Consultores. Para ajustar la vida litúrgica y la catequesis a las enseñanzas del Concilio se promueven cursos y encuentros que desembocarán en la Comisión Diocesana de Liturgia, en la Junta de Catequesis y en el Seminario de Catequesis. Esto produjo, por una parte, que nuestra comunidad eclesial pudiera tener acceso a una participación más activa, fructuosa y consciente en la celebración de los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y por otra, que la preparación catequística para la Reconciliación, Comunión y Confirmación se estructurara en cuatro años con una inserción cada vez más numerosa de los laicos. La gran preocupación del Obispo por la Educación se cristalizará en la creación de Centros Educativos Católicos Diocesanos: el Colegio Inmaculada Concepción de Recreo, el Clorinda Orellana Herrera de Chumbicha, el Instituto Nuestra Señora del Valle al que asistirán los seminaristas y alumnos externos, los Institutos Terciarios, Fray Mamerto Esquiú y el San Pío X y la Junta Diocesana de Educación. Otro aspecto significativo de este momento eclesial fue el esfuerzo constante por mantener el Seminario Diocesano que se dedicaría a formar a aquellos jóvenes que manifestaban una incipiente vocación sacerdotal. Contra viento y marea Don Torres Farías sostuvo el Seminario Menor con la firme convicción de que era un semillero seguro de sacerdotes. Durante su gestión nuestra Iglesia Diocesana se vio enriquecida por la presencia de los sacerdotes de la Orden de los Predicadores que condujeron por varios años las Parroquias de San Roque en la Paz el Colegio Inmaculada Concepción de Recreo y la de Ntra Señora del Rosario en Paclin y por la llegada de los Padres Oblatos de María Virgen que se hicieron cargo de la Parroquia de Ntra Sra Fátima en Fiambalá. Con el fin de procurar una atención más constante de los fieles del norte de Belén creó la Parroquia de Ntra Sra del Rosario en Hualfin. Su gran confianza en el poder de la oración lo impulso a procurar el establecimiento en nuestra Diócesis de las Monjas Dominicas de Clausura que se concretó en 1979. Ellas, con su vida oculta de oración y penitencia, sostienen cotidianamente la vida y acción de nuestra Iglesia diocesana. Cuántas gracias nos consiguen y de cuántos males nos libran. Con la discreción que lo caracterizaba supo denunciar los excesos del régimen militar y gracias a su intervención muchos se salvaron. De ello pueden dar testimonio algunos de los que viven entre nosotros. Para hacer realidad las enseñanzas del Vaticano II sobre la vocación y misión de los laicos en el mundo y en la Iglesia promovió por todos los medios posibles la formación y participación de los mismos en la vida y misión de la Iglesia. En esa línea promovió la formación en nuestra Iglesia de Movimientos Apostólicos como Cursillos de Cristiandad, Palestra, Focolares, consolidó al Movimiento Familiar Cristiano y la Acción Católica, autorizó la creación de la Institución Orientación para la Joven que ofrece vivienda, contención y formación a las jóvenes alejadas de su familia por estudio o trabajo e impulsó la constitución y organización de Caritas. Una nota particular del apostolado laical en este tiempo fue la multiplicación de los grupos juveniles católicos que ofrecían formación y participación activa en la vida eclesial y que tenían generalmente a las parroquias como su cuna. Esto condujo a la creación de la Coordinadora de los Grupos Juveniles que contribuyó en gran medida a promover, sostener y organizar la pastoral de Juventud en toda la Diócesis. Al acercarse el V Centenario de la Evangelización en América el Obispo puso a toda nuestra Iglesia en estado de misión con la realización de la Misión Mariana. Si la gran Misión de Catamarca en 1962 había tenido como protagonistas principales a los sacerdotes, esta los tendría a los laicos. En ese contexto y en el del Año Internacional Mariano en 1988 dispuso la primera visita de la imagen auténtica de la Virgen del Valle a todas las Parroquias de la Diócesis. ¿Cómo describir, cómo medir, como valorar en su justa medida lo que esto significó para la vida de nuestra Iglesia particular? La memoria de los protagonistas, tiene la palabra. En Junio de ese año nuestra Diócesis fue la sede del Encuentro Mariano Juvenil del NOA que duró tres días y del cual la vida y la acción de nuestros grupos juveniles recibió un gran impulso. En esta época nuestra Comunidad eclesial recibió a las Hermanas de la Fraternidad Eclesial Franciscana que atendieron por mucho tiempo la Casa de Emaús y ayudan en la acción pastoral en la Parroquia de San José Obrero. Cabe mencionar que también en este período la Diócesis hizo grandísimo esfuerzo por sostener el Diario la Unión como medio eficaz de evangelización y promoción cultural para nuestro pueblo. Al comenzar noviembre de 1988 y al concluir la visita de la Madre a todos sus hijos catamarqueños, el Padre celestial llamó a este servidor bueno y fiel a compartir el gozo de su Señor. Mi servicio Episcopal Designado como Obispo de esta Diócesis en diciembre de 1989, me hice cargo de la misma en Marzo de 1990. Sabía que mi acción episcopal debería revestirse de lo que ya conocía de mis predecesores, es decir, de un manifiesto amor a la Virgen, de dinámico espíritu misionero y de un gran amor al pueblo que se me confiaba. A poco tiempo del inicio del gobierno pastoral, nuestra Iglesia se dispuso con todo a la celebración del Centenario de la Coronación pontificia de la Imagen de la Virgen. Aunque la situación política y social se puso muy complicada debido a los dolorosos sucesos vividos por la comunidad, el Señor Jesús nos concedió la gracia y las fuerzas necesarias para tributarle a nuestra Madre un homenaje como Ella se lo merece y que tuvo como broche de oro la Carta del Santo Padre Juan Pablo II a nuestra Iglesia, la presencia de todo el Episcopado Argentino en el último día de la Fiesta y la posterior Asamblea de la Conferencia Episcopal Argentina en nuestra Ciudad Capital. Ciertamente fueron acontecimientos únicos y de muchas gracias derramadas sobre nuestra comunidad. Sin embargo, la edificación de la Iglesia pasa principalmente por lo ordinario, por lo que se lleva acabo todos los días y por lo que debe llevarse a cabo en todos los ámbitos de la vida y la acción pastoral. Con este objetivo tratamos de afianzar el Consejo Presbiteral, Consejo Diocesano de Pastoral, el Colegio de Consultores, el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos y los Equipos y Juntas Diocesanos que tienen que ver Caritas, con las Misiones, con la Catequesis, con la Educación, con la Pastoral de Juventud, con el apostolado de los Movimientos e Instituciones laicales, con la Pastoral familiar; organismos diocesanos que nos permiten una visión real de los distintas dimensiones de la vida eclesial y nos ayudan a procurar los mejores medios para satisfacer las necesidades de los distintos destinatarios de la acción evangelizadora. Hubo también un esfuerzo en darle una participación más activa en la labor pastoral a los Decanatos o sea, a las distintas zonas pastorales en que hemos estructurado la Diócesis. Otro ámbito al que le hemos prestado mucha atención ha sido el Santuario de la Madre del Valle que ya mi predecesor lo había constituido en una Vicaría Episcopal. Al respecto debemos destacar por un lado el celo y el empeño de los sacerdotes y laicos que se han desempeñado en el mismo y por otro el aporte que ha significado la presencia y servicio de las Hermanas de Cristo Rey, de las Claretianas brasileñas y de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. Estas últimas han tenido además una especial participación en la Pastoral Vocacional y en la Pastoral de Juventud, particularmente en el gran trabajo hecho por la Vicaría de la Juventud tanto dentro de la Diócesis como a nivel NOA. Si bien el protagonismo de los laicos en nuestra vida eclesial era una realidad que incluso antes del Vaticano II había ido “in crescendo” se vio oportuno ofrecerles algunas instancias en que pudieran manifestar comunitariamente su visión de la realidad eclesial, sus necesidades, sus dificultades y sus esperanzas. Con este propósito se llevaron a cabo los Encuentros de laicos que desembocaron en el Congreso de laicos que ciertamente constituyó una toma de conciencia de la madurez a la que habían llegado en la visión de la Iglesia y de su compromiso con la misma. Aunque tenemos que lamentar la casi extinción de la Acción Católica y que gracias a Dios parece reconstituirse, nuevos Movimientos e instituciones se han establecido en nuestra Iglesia: La Renovación Carismática Católica, Eslabón, Comunidad de Convivencia, Servidores Marianos, Movimiento de la Palabra, F.A.S.T.A , Movimiento de Acampadas Policiales y la Hermandad Dominicana Seglar. Desde 1991 nos hemos empeñado en que la Catequesis presacramental asumiera la forma de Catequesis familiar, hemos avanzado pero todavía nos falta mucho por caminar. Los Encuentros Diocesanos de Catequistas que hemos logrado instaurar anualmente son un logro que nos podrán ayudar a crecer en esa dirección. Al respecto, ¿cómo no reconocer, valorar y agradecer en este momento a esa legión de hermanos nuestros que diseminados por todas las comunidades de nuestro territorio diocesano acompañan y forman a los cristianos en el servicio de la catequesis? Dios corone y recompense su colaboración con el Evangelio. En 1995 pudimos celebrar un año Mariano Diocesano que culminó con la celebración de los 300 años del traslado de la Imagen de Nuestra Señora del Valle desde a Valle Viejo a San Fernando del Valle. Fue un año en que nuevamente nuestro Pueblo volvió a tomar conciencia de su prosapia mariana y a festejar a su Madre Fundadora. Será inolvidable la Peregrinación-Procesión que hicimos desde la Ermita de San Isidro hasta el Santuario con la compañía de todos los misachicos de nuestros Pueblos del Interior y con la presencia del Ilustre Cardenal Raúl Primatesta. Un momento especial vivido por toda la Iglesia han sido los tres años de preparación para el Gran Jubileo del año 2000 y la celebración del mismo. Como no podía ser de otra manera, nuestra Iglesia de Catamarca siguiendo las orientaciones de Juan Pablo II puso todo su empeño por sumarse a este camino y por ganar todas la gracias derramadas en el Año Jubilar. En este contexto la comunidad diocesana llevó a cabo la celebración del Segundo Sínodo Diocesano, cuyo eje temático fue “La Familia, Formadora de personas y Servidora de la sociedad” y que tuvo como peculiaridad la participación destacada de los laicos. Ha sido una gracia que nos ayudó a trabajar codo a codo a sacerdotes, laicos y religiosos con eclesial espíritu de diálogo, pero que todavía no hemos aprovechado lo suficiente. Al comenzar el Nuevo Milenio el Papa Juan II nos exhortó vehementemente a que en espíritu de comunión y participación encaráramos “el comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria”(cfr.NMI 29). Esto nos impulsó a la realización de las Asambleas Diocesanas de Pastoral que nos permitieron elaborar un Plan Diocesano de Pastoral que por varios años nos guió con objetivos concretos, algunos de los cuales se cumplieron. También ha sido una gracia que no pudo fructificar plenamente. Tenemos que destacar que hemos recuperado aquellas semanas bíblicas de la década del cincuenta a través de los cursos de Biblia que se realizan anualmente y que han promovido en muchos el interés por acercarse a la Sagrada Escritura como verdadero alimento para la vida cristiana. El espíritu misionero que ha caracterizado a nuestra Iglesia se concreta en este tiempo en la tarea misionera que la Junta Diocesana de Misiones realiza anualmente en distintas zonas de nuestra Diócesis. Otra dimensión de nuestra acción pastoral en que hemos ido creciendo y que ha jugado un papel muy importante en la ayuda a los necesitados en la crisis del 2001-2003 ha sido la Junta Diocesana de Caritas. En la línea de la pastoral del mundo sufriente la comunidad eclesial se ha visto favorecida por el trabajo de la pastoral penitenciaria y del Servicio Sacerdotal de Urgencia, sin embargo todavía los obreros siguen siendo pocos para la numerosa mies constituida por los presos y enfermos. Una adquisición muy importante para la acción eclesial ha sido el decidido empeño que hemos tomado por involucrarnos como Iglesia en los problemas sociales, ¿no ha sido acaso una sorpresa para muchos el haber convocado a la mesa del diálogo con los distintos sectores de la vida social y con el Estado, más aún nuestra participación activa en los consejos consultivos? Esta firme decisión de nuestra Iglesia por asumir la cuestión social se ha plasmado en la formación del Equipo Diocesano de Pastoral Social. Es patente que se trata de una dimensión delicada y a la que como Iglesia no estábamos acostumbrados, pero hoy es un desafío ineludible. Al respecto, ya hemos dado los primeros pasos para involucrarnos en el tema de la tierra y de la minería que ya han se han configurado como cuestiones sociales. Otra riqueza para nuestra vida eclesial ha sido la creación de la Parroquias de San Pío Décimo y de la Santa Cruz y las CuasiParroquias de San Nicolás de Bari y de San Jorge en la Capital, con lo cual hemos tratado de dar respuesta al crecimiento demográfico que exigía una mejor atención pastoral. Sin embargo, la realidad nos está pidiendo más en este aspecto. Es otra situación por resolver y pronto. La educación, que ha sido una preocupación constante, ha recibido una gran ayuda con la Junta de Educación y con la creación del Colegio Juan Pablo II en la Capital y del Colegio Ntra Sra de Guadalupe en Valle Viejo.¿Cómo no dar gracias a Dios por estas obras en que se manifiesta claramente la preocupación de la Iglesia por la promoción humana? En esta dirección nuestra comunidad se ha visto favorecida por la ardua tarea de la Institución Bienaventurados los Pobres y por el surgimiento de varias comunidades eclesiales de base. Otra dimensión de la tarea eclesial que hemos tratado de no descuidar ha sido la pastoral vocacional, que se ha visto plasmado por un lado, en seguir con el Seminario Menor y por otro, en que logramos crear las dos primeras etapas de la Formación del Seminario Mayor en lo cual fuimos apoyados por la Diócesis de La Rioja. Lamentablemente no pudimos continuar. Sin embargo el Señor me concedió la gracia de ordenar 23 sacerdotes y un diácono permanente para el servicio de nuestra Iglesia. En esta línea hay una situación que engendra una gran inquietud y se trata de que por casi cinco años no tendremos ordenaciones sacerdotales, lo cual tornará mucho más dificultoso satisfacer una adecuada atención de los fieles. ¿Qué hacer?¿ Cuál es la solución que está en nuestras manos? Primero rezar como lo enseñó Jesús:” Pidan al dueño de los sembrados que envíe operarios a su mies”(Mt 9,38), por otra parte, realizar una pastoral vocacional más incisiva, orgánica y organizada, y por último, estar dispuestos a gastar todas nuestras energías por el Reino de Dios; ya no quedará lugar para la pereza, la indolencia y la comodidad. Una pérdida notoria para nuestra Iglesia ha sido el no haber podido seguir sosteniendo en nuestras manos al Diario La Unión. Fue un momento muy duro y doloroso, pero no tuvimos alternativa mejor. En un caso de esa envergadura procedimos como lo manda la Iglesia: haciendo las consultas necesarias y con el visto bueno de las Autoridades competentes. En este tiempo nuestra Iglesia ha visto con dolor el alejamiento de las Hermanas del Huerto que tanto ofrecieron a nuestra Iglesia en la educación de las jóvenes. Para que la gran tarea de esas religiosas pudiera continuar le encomendamos esa misión a F.A.S.T.A. que la asumió con empeño y seriedad. Otra cosa que tenemos que lamentar es que en estos años que llevamos de democracia la corrupción se haya extendido por todos los ambientes, siendo que en todos los ambientes hay hijos de nuestra Iglesia. ¿Qué sucedió para que los miembros de la Iglesia no hayan cambiado el mal a fuerza de bien y se hayan dejado doblegar por los criterios y comportamientos contrarios al Evangelio?¿Qué ha sucedido para que haya tanta contradicción entre lo se que cree y lo que se vive? Será necesario pensar y revisar cómo estamos llevando cabo lo que se puso en nuestras manos. Otro dolor que experimentamos al contemplar nuestra realidad eclesial es el que muchos hermanos han abandonado la fe católica y han terminado en movimientos religiosos no católicos. ¿Qué no encontraron en su Iglesia, qué no les ofrecimos o en qué los hemos escandalizado? Es imposible que esquivemos respondernos estas preguntas. Me parece que quedaría inconcluso este repaso de nuestra historia y de nuestra situación actual, si no mencionara que nuestra comunidad eclesial ha sido cuna de siete obispos: Mons. Luis José Gabriel Segura, obispo de Paraná(1859); Mons. Buenaventura Rizo Patrón, obispo de Salta (1860); Mons. Mons Fray José Wenceslao Achaval, obispo de Cuyo (1870); Mons Fray Mamerto de la Ascensión Esquiú y Medina, obispo de Córdoba (1870); Mons. Dr Agustín Herrera, obispo de 9 de Julio ( Buenos Aires ) y luego de San Francisco, (Córdoba)( 1965); Mons. Gerardo Sueldo, obispo de Oran (Salta) y luego de Santiago del Estero ( 1983) y Mons. Mario Antonio Cargnello, obispo de Orán y actual Arzobispo de Salta ( 1994). Damos gracias a Dios porque se ha fijado en nuestra humildad y pobreza para enriquecer a su Iglesia. Antes de finalizar, es justo y necesario reconocer la ayuda que nuestra Iglesia ha recibido durante su historia tanto del Estado Nacional y como del Provincial. Los momentos de dificultad, no nos han hecho olvidar los beneficios recibidos. Por eso en nombre de nuestra Iglesia de Catamarca quiero expresar mi cristiana y permanente gratitud. Quiero también agradecer a todas las instituciones civiles, de bien público y a muchas Empresas privadas que han acompañado y sostenido nuestra tarea evangelizadora.¿Cuántos de nuestros eventos ordinarios y extraordinarios los hemos llevado a cabo y los seguimos realizando con su valiosa y generosa colaboración? Y ya que de agradecer se trata, no quiero concluir este párrafo sin que como Iglesia reconozcamos y agradezcamos por una parte, la continua ayuda que hemos recibido del Organismo de la Conferencia Episcopal Alemana denominado Adveniat que generosamente ha respondido a nuestros pedidos, y por otra, a Más por Menos del Episcopado Argentino que año tras año coparticipa la colecta nacional con nosotros. A todos y a cada uno: “Muchísimas Gracias.” Por último, el Espíritu Santo me concedió la gracia de continuar la impronta misionera de mis venerados antecesores. Él me dio la fuerza y el ánimo para visitar a todas la Parroquias y llegar hasta los lugares más lejanos de nuestra geografía diocesana. Siempre han sido momentos muy fuertes y reconfortantes para mi ministerio episcopal; la fe sencilla en Dios y en la Virgen, el afecto filial y generoso, el compartir las alegrías y penas, las necesidades y esperanzas de cada hermano y hermana, han convertido cada visita en una verdadera escuela para mi condición de ser humano, de cristiano y de obispo. En este sentido debo agradecer también al Espíritu de Dios por habernos hecho imaginar la Peregrinación anual del Pueblo de Dios a la Gruta y el nuevo recorrido de la Procesión de la Virgen con las visitas misioneras de la Imagen Morena al Centro Penitenciario y a los Hospitales. Todo ello nos ha confirmado en la dimensión peregrinante y misionera de nuestra Iglesia. Permítanme en este momento volver de nuevo a las palabras con que había iniciado esta parte de la carta: “Vayan y hagan que todo los hombres sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijos y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado”(Mt 28,19-20). Al terminar este recorrido que les he invitado a realizar por estos casi cien años de vida diocesana, ¿cómo no sentir una profunda y serena alegría porque con sus más y sus menos, nuestra querida Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo y con la protección de la Madre del Valle ha intentado en todo momento ser fiel al mandato de Nuestro Señor? ¿Cómo no elevar una jubilosa acción de gracias por todos los beneficios recibidos, especialmente por la maternal presencia de la Virgen? ¿Que hubo pecados y hay pecados?¿que hubo desaciertos y los hay todavía?¿que hay limitaciones, debilidades y todavía las hay? Como dice San Juan, “nos engañaríamos a nosotros mismos” si no lo reconociéramos y “haríamos pasar a Dios por mentiroso” ( I Jn 1,8.10.). Los confesamos, nos pesa y pedimos perdón. Al respecto ¿no suplicamos todos los días:”perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden? Por eso, nuestro Centenario será un tiempo oportuno para realizar como Iglesia una gran acto de contrición, para renovar nuestro compromiso con el Señor, para renovar la vida y la acción eclesial, para proponernos cambiar aquellos aspectos de nuestra Iglesia que no se ajustan al Proyecto de Dios y para asumir los nuevos desafíos que el hoy de la historia le presentan a nuestra misión. El ejercicio espiritual de volver a los Orígenes y de repasar nuestra vida eclesial, pasada y presente, nos ha permitido ver qué es lo que hemos adquirido, qué lo que hemos perdido y qué es lo que nos falta. Sabemos, pues, en qué condiciones iniciamos este camino de preparación para celebrar nuestro Centenario. V
Las
líneas fundamentales del Trienio de Preparación Nuestro Trienio de preparación lo haremos bajo la guía del Documento Navega Mar adentro en el cual el Episcopado le hemos fijado a la Iglesia que peregrina en la Argentina las nuevas líneas de acción para responder al llamado a una nueva Evangelización que nos hiciera el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria. Los contenidos de reflexión y acción que nos propone el citado documento serán el eje transversal de estos tres años. Cada uno de ellos tendrá su inicio en la Fiestas Marianas de Diciembre y concluirá en las mismas Fiestas el año siguiente. En cada año dedicaremos un tiempo para tratar una de las dimensiones fundamentales de la acción pastoral y para dedicar nuestra atención a los hermanos nuestros que se desempeñan en los distintos sectores y profesiones de la vida social para que todos en un espíritu de pertenencia cordial a la Iglesia hagan su aporte a esta preparación. Año 2007 En el primer año, que lo iniciaremos el próximo 8 de Diciembre en el Santuario y Catedral Basílica durante la Misa Solemne de las 9,00 hs y que lo concluiremos el 7 de Diciembre del 2007, habremos de considerar como Iglesia diocesana, por una parte el espíritu que ha de animar nuestra vida y acción evangelizadora y por otra, los desafíos actuales a los que ha de responder nuestro trabajo evangelizador. Poner nuestra mirada sobre el espíritu que ha animar el ser y el hacer de la Iglesia nos permitirá constatar qué, de hecho, nos mueve cuando realizamos nuestras tareas pastorales y qué deberíamos hacer para internalizar las notas de la espiritualidad que ha de animar esta nueva etapa misionera de nuestra Diócesis, a saber, la convicción de ser amados por Dios, una esperanza firme en la promesa que Jesús nos hizo de estar siempre con nosotros y que ha vencido al pecado y a la muerte, las entrañas de misericordia que se expresen en una amor intenso por cada ser humano que nos empujen a hacernos cercanos y solidarios con los que sufren, la opción por la vivencia y promoción de la comunión, el fervor misionero que nos empuje a entregar el Evangelio a todos, y la clara conciencia de que la edificación de la Iglesia la hacemos con la entrega cotidiana de cada uno en el desempeño fiel y perseverante de los compromisos asumidos en el mundo y con la comunidad eclesial. Examinar la realidad, para ver cuáles son los desafíos, implicará “mirar desde la fe la compleja realidad del mundo que nos toca vivir para discernir los signos de los tiempos como reclamos de evangelización.” Al respecto los Obispos nos dicen: Al comenzar el nuevo milenio, la humanidad entera se encuentra sumergida en grandes dificultades: la alarmante extensión de la pobreza y la escandalosa concentración de la riqueza, la corrupción de las clases dirigentes, los conflictos armados de insospechables consecuencias, los nuevos fundamentalismos, las formas inimaginables de terrorismo y la crisis de las relaciones internacionales. Son evidentes las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace, el relativismo, el menosprecio de la vida, de la paz, de la justicia, de algunos derechos humanos fundamentales, de la preservación de la naturaleza, que desafían a todos por igual y exigen respuestas comunes. Estos problemas también inciden de manera acuciante en nuestra patria. El desafío radical y englobante que queremos asumir en la Argentina es la profunda crisis de valores de la cultura y la civilización en la que estamos inmersos. Otros desafíos están relacionados con dicha crisis: diversas búsquedas de Dios, el escándalo de la pobreza y la exclusión social, la crisis del matrimonio y la familia, la necesidad de mayor comunión. En la raíz misma del estado actual de la sociedad percibimos la fragmentación que cuestiona y debilita los vínculos del hombre con Dios, con la familia, con la sociedad y con la Iglesia.”(NMA 22-23) Esto que ha sido dicho para toda nuestra Patria tendremos todos juntos que analizar en qué medida y profundidad nos afecta a nosotros como Iglesia y como Provincia. Pero habremos de estar atentos para ver si de nuestra realidad catamarqueña surgen algunos desafíos que podríamos llamar particulares.¿No sería acaso uno de ellos el menosprecio de la vida que se ve cristalizado en los numerosos suicidios, homicidios y accidentes de tránsito? En este primer año la dimensión de la pastoral sobre la cual pondremos nuestra atención para revisar cómo la estamos llevando a cabo será la Liturgia, fuente y cumbre de la vida de la iglesia. Como siempre los hacemos nuestro punto de referencia será la doctrina y la disciplina de la Iglesia y las necesidades del Pueblo de Dios. Es patente que este es un aspecto en el que hemos crecido sin embargo se observa también que ha disminuido la conciencia de lo sagrado, del encuentro con lo divino, ingrediente esencial de la celebración de los misterios. Además se han de revisar algunas prácticas y algunas devociones para ver si de verdad parten de la liturgia y si de verdad conducen a ella. Y los que hemos sido constituidos ministros del Culto divino habremos también de revisar nuestro fervor, nuestro decoro y nuestra obediencia a la disciplina litúrgica por nuestro propio bien y el del Pueblo de Dios. Albergo la esperanza de que en este año se pueda constituir nuevamente la Junta Diocesana de Liturgia. En este año también dirigiremos una especial atención a aquellos hermanos nuestros que se hayan inmersos en los ámbitos del arte, del deporte y de los medios de Comunicación para que desde su condición específica y por medio de ella nos hagan escuchar la palabra que tienen para la Iglesia y para la sociedad. Deseamos y esperamos una participación rica y generosa que redunde en beneficio de ellos mismos, como miembros de la Iglesia, de la sociedad, y de toda la comunidad. Año 2008 En el segundo año, y siguiendo la guía de Navega Mar adentro, pondremos nuestra atención en considerar el contenido fundamental y absoluto del Evangelio que pretendemos ofrecer, a saber, “El contenido de la Nueva Evangelización es Jesucristo, Evangelio del Padre. Él es también, en sus palabras y actitudes, el modelo perfecto de todo evangelizador.” “el centro de nuestro anuncio es Jesucristo salvador, que nos permite encontrarnos con el Padre y el Espíritu Santo".(NMA 29-30) Esto, que es el núcleo de la Evangelización, implicará explicitar algunas dimensiones que brotan del mismo y que son ineludible a la hora del anuncio: En Jesucristo brilla una feliz noticia, Cristo es el rostro humano de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Cristo es el rostro divino del hombre, El rostro doliente y resucitado de Cristo en el rostro del hombre sufriente. La comunión eclesial, nacida del corazón de Cristo, es reflejo de la Trinidad. La comunión de la Trinidad, fundamento de nuestra convivencia social La dimensión de la acción pastoral a la que volveremos nuestra atención en este año será la del Anuncio de la Palabra de Dios, especialmente en las formas de Catequesis y de Misión. Será una muy buena oportunidad para revisar el puesto que de hecho tiene en la vida de los fieles el conocimiento, la lectura y la meditación de la Palabra de Dios y el trato que tienen con ella aquellos que han sido instituidos en la vida Iglesia como ministros de esa Palabra de vida. Los que llevan a cabo la delicada tarea de la Catequesis deberán hacer un examen serio de su vocación de catequistas, de los métodos y contenidos catequísticos y de los resultados que se observan y por supuesto, de ver con sinceridad si lo que ofrecemos responde a las necesidades de los destinatarios. ¿cómo no aprovechar este año para plantearnos algunas cuestiones sobre el sacramento de la Confirmación en lo que se refiere a los contenidos, a la edad oportuna para su preparación y celebración?¿Cómo no aprovechar este tiempo para asumir un modo de catequesis que no se reduzca a lo presacramental sino que abarque los distintos momentos de la vida del creyente?¿No será ésta la ocasión para empezar a imaginar un catecismo diocesano? Hemos visto el puesto destacado que ha tenido siempre en la vida de nuestra Iglesia el espíritu misionero y las acciones misioneras, este año será situación propicia para que veamos qué podemos hacer para que los fieles caigan en la cuenta de que la misión es una de la dimensiones de la vida cristiana, para despertar el interés por la misión y para ofrecer las instancias y los medios que ayuden a los fieles a llevar a la práctica esta dimensión de su vida. ¿ Por qué no pensar que uno de los frutos de todo este esfuerzo fuera imaginar una gran misión para nuestra Diócesis? En este Segundo año del Trienio dirigiremos una atención especial a aquellos hermanos nuestros que en la vida social desempeñan la excelsa tarea de la educación sobre todo para que sepan que la Iglesia reconoce y alienta su importantísimo servicio y su gran esfuerzo frecuentemente no valorado lo suficiente. Ellos también tienen una palabra para su Iglesia y para la Sociedad que haremos todo lo posible por escucharla. Año 2009 En el Tercer año nos dedicaremos a tratar, por una parte, aquellos “criterios pastorales básicos que permitan delinear un estilo evangelizador común a todos”, exigencia no sólo, de cierta organización y eficiencia sino de la conciencia de la comunión eclesial y de que la tarea evangelizadora no se realiza por cuenta propia sino en la Iglesia y con la Iglesia, y por otra, aquellas acciones destacadas que “expresan la viva conciencia de la primacía de la gracia y el compromiso responsable que como Iglesia en la Argentina queremos asumir para dar respuesta de manera orgánica a desafíos mencionados” ( NMA 69.82.) Los criterios que hemos asumido los Obispos argentinos y le proponemos a toda la Iglesia son: llevar a cabo la acción pastoral con la participación de todos y de un modo orgánico y organizado, proponer una camino de santidad integral que se vive en las circunstancias concretas de la vida y en el compromiso con el bien común, una tarea evangelizadora en la que todos somos protagonistas como sujetos y destinatarios de la misma y promover “un itinerario de formación permanente para la maduración de la fe que contemple las situaciones y a los procesos de las personas y las comunidades.” La acciones destacadas propuestas "abarcativas y englobantes, son potencialmente muy evangelizadoras y tienden a alcanzar al mayor número posible de personas y procuran dar respuesta transversalmente a los desafíos, de un modo integral y complementario”(NMA 82). Estas acciones son: hacer de la Iglesia, casa y escuela de comunión, acompañar a todos los bautizados hacia un pleno encuentro personal con Jesucristo, servir a la sociedad para que llegue a ser justa y responsable. Estos criterios y acciones son el modo que la Iglesia en Argentina ha asumido para llevar a cabo la misión que ha recibido del Señor, nuestra gran tarea y propósito de este año será hacerlos aterrizar o encarnarlos en nuestra situación eclesial concreta sabiendo que la misma nos puede exigir algo más. Durante ese año la dimensión de la acción pastoral que abordaremos será la del Servicio en su doble dirección: la de ayuda a los más necesitados y la de la iluminación y protagonismo en las cuestiones sociales. Será una ocasión propicia para que todos, teniendo como punto de referencia lo que el Papa Benedicto XVI ha afirmado en la Deus caritas est, revisemos el servicio que de hecho nuestra Iglesia ofrece a los más necesitados especialmente a través de Caritas e intentemos una nueva "imaginación de la caridad" (cfr. NMI 50), para que ese servicio sea más cualificado y llegue a la mayor cantidad de hermanos posibles.¿Sería pensable o admisible una parroquia sin la Caritas organizada?¿Sería posible una comunidad educativa católica que no asuma gestos concretos de ayuda a los más pobres?¿ Sería plenamente católico un Movimiento o una Institución apostólica que no tuviese en su itinerario formativo y como una de sus prácticas la ayuda al más necesitado? Como Iglesia tendremos que recordar y de un modo particular este año eso que dice San Juan: “No amemos sólo de palabra, sino con la obras y de verdad”( I Jn. 3,18) El otro aspecto referido al Servicio al que prestaremos atención será lo que denominamos la Pastoral Social. Gracias a Dios ya hemos dado varios pasos y tenemos que dar más, con más fuerza y con mayor intensidad. Se trata hoy día de una dimensión ineludible de nuestra tarea evangelizadora. Es necesario que entre todos, y especialmente los que están involucrados directamente en esa dimensión, veamos los modos que favorezcan el compromiso de los fieles en este aspecto de la evangelización. Sabemos que la pastoral social tiene como uno de sus pilares la Doctrina Social de la Iglesia, lamentablemente por muy pocos católicos conocida. En ella se nos brindan los fundamentos doctrinales y los criterios básicos que ayudan al cristiano y a cualquier persona para construir una sociedad más humana, justa y fraterna. ¿Sería iluso pensar que durante este año pudiéramos ofrecer a todos los fieles y hombres de buena voluntad una presentación del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia como una vez lo hicimos con el Catecismo de la Iglesia? Muchos hermanos y hermanas que en el transcurso de la vida se encuentran en puestos de decisión en los distintos ambientes de la sociedad, han pasado por los ámbitos formativos de nuestra Iglesia, catequesis, colegios católicos, instituciones y movimientos apostólicos ¿qué de Doctrina Social de la Iglesia les hemos dado? ¿Cómo nos admiramos o nos escandalizamos después, si teniendo lo básico para la construcción de la sociedad no se lo hemos ofrecido? Será por lo tanto una oportunidad para que todos asumamos el compromiso de instalar la Doctrina social y el compromiso cristiano con lo social en cada uno de los ámbitos pastorales. Sabemos que el servicio es el punto de vista y el espíritu con el que Jesús entendió y vivió la Autoridad; es más, nos lo dejó como testamento. En esta dirección, todos los que en la Iglesia hemos recibido el servicio de la Autoridad o de la conducción hemos de entender este año como un momento particular para que veamos sinceramente con qué espíritu, con qué pretensiones, con qué modos ejercemos nuestra Sagrada Autoridad sobre el rebaño de Cristo. El ícono referencial será siempre el Maestro y Señor con la toalla atada a la cintura e inclinado ante los suyos lavándoles los pies.(cfr Jn 13, 1-14 ) En este último año del Trienio, dirigiremos de un modo particular nuestra a atención a aquellos hermanos y hermanos cristianos que tienen una especial responsabilidad en la construcción de la sociedad y en el cuidado, consolidación y defensa del Bien Común. Debemos confesar como comunidad eclesial que muchas veces los hemos dejados solos y es verdad también que muchos de ellos vieron en la Iglesia no una Madre sino sólo otro poder del cual había que cuidarse o con el cual había en cierto modo que competir. Este año será un oportunidad para que como miembros de la comunidad eclesial, que tienen en la sociedad la responsabilidad del Bien común, sea cual fuera la función que desempeñan, puedan decirnos a todos una palabra. Estaremos por esa fecha a un año del Centenario y del Bicentenario del primer grito de libertad. ¿Cómo no aprovechar el momento para que como Iglesia escuchando a estos hermanos nuestros podamos hacer un aporte serio y comprometido para que el Bicentenario constituya una regeneración de la Patria?¿Cómo no aprovechar este año para que desde nuestra condición eclesial nos decidamos por un camino serio de reconciliación para que el Bicentenario nos halle pacificados y con la pretensión de construir todos un Proyecto Común? Será el momento oportuno para que Nuestro Centenario se abra al Bicentenario y para que el Bicentenario se abra a nuestro Centenario. Queremos en este año dedicarnos también a los hijos e hijos de la Iglesia que se desempeñan en el mundo del trabajo, en el del cuidado de la vida y en el de la asistencia a los sufrientes. Muchos de ellos ejercen de modo heroico su profesión o sus obligaciones ya por el tiempo generoso que le dedican, ya porque están en una continua pulseada contra la corrupción, ya que por optar por lo valores humanos y cristianos tienen que sufrir la incomprensión y el desprecio. Ellos tienen también una palabra para decirnos, una palabra que seguramente nos ayudará a todos a comprometernos con la dignidad de cada persona y con sus derechos fundamentales. Esta líneas de reflexión y de acción que estructuran el Trienio tienen como finalidad preparar a nuestra Diócesis para celebrar consciente, activa y fructuosamente el Centenario de su existencia como Iglesia particular y ponerla a punto para ese encuentro especial con su Señor, encuentro que viviremos como una gracia de renovación, renovación en el ser, en cuanto a una mayor fidelidad a Jesucristo, a su Persona , a su obra, a sus enseñanzas, al fervor en la misión y renovación en el obrar, en cuanto a la expresión, a los métodos, a los criterios de acción y a las acciones de preponderancia. Al Espíritu Santo, que alienta con sabiduría y fortaleza nuestro caminar, le corresponderá quitar o agregar según el querer de Dios nuestro Padre. Como siempre lo hace, Él a su tiempo, nos lo hará saber; estaremos atentos para escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias”( Apoc 3,22) . VI
Con la absoluta certeza de su Presencia “Y Yo estoy con Ustedes, hasta el final de los tiempos”( Mt 28,20).Con esta certeza iniciaron los Apóstoles su misión y apoyada en esta certeza toda la Iglesia ha recorrido la historia y ha cruzado el tercer milenio. ¿Cómo dudar de la promesa de Aquel que no sólo nos ha dicho palabras de verdad, sino que es la Verdad misma? Sobre Él que es la roca firme se ha construido esta casa nuestra que es nuestra Iglesia diocesana y por eso ha permanecido en pie a pesar de las tormentas y vendavales tanto internos como externos. En Él depositamos nuestra confianza, nuestra seguridad, aleccionados por lo que ya el profeta Isaías decía a sus contemporáneos.” Si no creen, no subsistirán”(Is 7,9b) ). Al comenzar este tiempo de preparación los invito a hacer nuevamente un acto de fe en la presencia de nuestro Señor, Esposo fiel de la Iglesia, que somos nosotros. De Él volvemos a escuchar lo que le dijo a Pedro y a Pablo, pero esta vez referido particularmente a nosotros: “Iglesia de Catamarca, no tengas miedo, yo estoy contigo”( cfr Lc 5,10 ; Hch 18,19). Y nosotros como Pedro le decimos:” En tu palabra, Señor, echaremos las redes”( cfr Lc 5,5). VII
En la maternal compañía de la Virgen “En compañía de Maria, la Madre de Jesús”(Hch 1,14). Así estaban los Once mientras rezaban esperando la venida del Espíritu Santo. Así también nosotros, como lo hemos podido comprobar, desde los orígenes hemos estado en compañía de la Madre de Jesús. Más aún, todo lo que como Iglesia hemos llevado a cabo ha sido siempre en su compañía. A Ella que en su imagen del Valle nos ha acompañado como Madre y Esperanza, a su oración que todo lo consigue de su Hijo, encomendamos este Trienio. En su compañía queremos llegar a ese especial encuentro con el Señor que será el Centenario y de sus labios seguramente volveremos a escuchar lo que les dijo a los sirvientes en la Bodas de Caná, pero esta vez refiriéndose particularmente a nosotros: “Iglesia de Catamarca, haz todo lo que Él te diga”( cfr Jn 2,5).Encomiendo también el Trienio a la oración de todo el Pueblo de Dios, especialmente a la de nuestras Monjas de Clausura que como Moisés en el Monte piden incesantemente el auxilio del Señor, a las súplicas de los enfermos, que están asociados a los sufrimientos de Cristo y a la de los niños, que ocupan un lugar privilegiado en el Corazón de Jesús. Y ya para concluir les propongo la oración comunitaria que habrá de unirnos a todos en este Trienio de preparación:
Dios y Padre Nuestro, En mi sede Episcopal, a quince días del mes de Noviembre del año del Señor, 2006, en la memoria de San Alberto Magno, Obispo y Doctor de la Iglesia.
Mons Elmer Miani
Notas Me he servido para la mayoría de los datos históricos que menciono, de la memoria y protagonismo de varios sacerdotes y laicos, de la Historia de Catamarca del Padre Olmos, de la Historia de Catamarca del Prof. Armando Bazán, de las crónicas del Diario La Unión y del trabajo sobre la Historia de la Diócesis de la Sra Prof Lucrecia Molas Vera de Lucero, a todos los cuales agradezco sinceramente.
NMI, Novo Millennio Ineunte - Juan Pablo II -
2001 |