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Loor de Nuestra Señora
la Virgen del Valle
Lo compuso Juan Oscar Ponferrada
para celebrar el cincuentenario de la
Coronación de la Excelsa Patrona del
Tucumán y especial Protectora
de Catamarca,  y lo editó
La Mazorca de
Buenos Aires.
1941

Índice con enlaces a cada parte del Loor
(es posible leerlo de corrido, o elegir la sección por 
el índice e ir directamente a ese título)

  Poética  Crónica Rimada, del hallazgo y primeros prodigios de la Imagen - I  De fe y buena fe - II  Se dan noticias y recuerdos del Valle de la Virgen - III  Aquí se dice cómo la historia de la Virgen comienza de repente - IV  Donde se cuenta cómo un devoto labriego halló la Santa Imagen  - V  Se da razón de cómo la imagen fue llevada al Valle Viejo  - VI  Se dice cómo Zalazar dio hospedaje a la Reina - VII  Nárrase de qué modo la Virgen compensó al piadoso labriego - VIII  De las pruebas de amor que dio Nuestra Señora a los indios de Choya  

- IX  Se evidencia cómo Nuestra Señora del Valle decidió la conquista  

LOORES 
  - I  Donde el autor invoca el buen ejemplo de Gonzalo de Berceo - II  Donde el que alaba apela a tres Virtudes de la Madre de Dios - III  Donde se encomia el nombre lugareño dado a Nuestra Señora - IV  Donde el poeta habla a su tierra que la Virgen bendijo  - V  Donde se reconoce a Nuestra Señora como razón de la conquista  

- VI  Donde se dice cómo la devoción sucedió a la conquista - VII  Donde el poeta en nombre de su pueblo, pide mercedes a la Virgen    

La cadena de oro
Historia de un milagro muy lleno de enseñanza
  - I  Comienza con una gracia gratis dada -II  Muestra cómo es de flaca la gratitud humana - III  Y concluye enseñando la infinita misericordia de la Virgen

 

Poética

 

Crónica Rimada 
del hallazgo y primeros prodigios 
de la imagen 
          I    

          De Fe y buena fe
     
          Quien relatar quisiere suceso acontecido,    
          Diga primeramente cómo es que lo ha sabido;    
         Diga, en segundo término, lugar del sucedido;    
          Y diga que cree en ello si quiere ser creído;    

          Y bien, a lo primero, diré sin vacilar:    
          Los hechos prodigiosos que vengo a relatar    
          Se aprenden en mi tierra al aprender a hablar.    
          ¡Miren si lo sabremos las gentes del lugar!    

          Mas si este antecedentes no fuere suficiente,    
          Diré, de todo cuanto mi confidencia cuente,    
          Que amén de haberlo oído de bocas de la gente    
          Escrito lo encontramos en fidedigna fuente. *    

                              ___    

                              (*)    

                         Tocante a los sucesos del tiempo más lejano     
                                      (Aquel de la conquista del suelo tucumano),     
                                      Tuve versión escrita por mano de Lozano,     
                                      Historiador de juicio robustamente sano.     

                                       De don Samuel Lafone, tan sabio como viejo,     
                                       Leí páginas suyas que a todos aconsejo     
                                      Pues, prosa anlgalense, su prosa tiene un dejo     
                                      Añejo y convincente, como de vino añejo.     
                                                                                                        
                                       Al poeta Adán Quiroga con propensión seguí     
                                       En su defensa extrema del indio calchaquí.     
                                       También el muy sensato discrimen, conocí     
                                      Del justo y meridiano Padre Antonio Larrouy.     

                                 Y el "Ramillete Histórico" tan simple, tan humano     
                                 Que hizo el Padre Orellana, piadoso franciscano;     
                                  Y las refutaciones de tono pretoriano     
                                 Que le hiciera el vehemente Presbítero Soprano.     

                                     De estos y más autores que omito a pesar mío     
                                     Recibí mucha agua para mi laborío,     
                                     Y aún de muchos otros en quienes no confío;     
                                     Aquel, por malicioso y aqueste, por impío.    

    
          Sobre el lugar en que estos sucesos ocurrieron    
          Diré que allí mis padres nacieron y vivieron;    
          Que allí mis propios ojos primera vez se abrieron;    
          Que de ello bien conozco cuanto mis ojos vieron.    

          Diré que llevo en honra la tierra en que he nacido    
          Por lo que allí del Cielo tenemos recibido;    
 
         Y que por tal la canto, conforme la he sentido,    
          Con la ternura inmensa que nos inspira un nido.    

          Y, por lo que a fe toca, diré, de lo que sé,    
          Que creo y quiero creerlo, según lo explicaré:    
          De cuanto a Dios concierne jamás dudar podré;    
          De la palabra humana doy sólo buena fe.    

          Disputen los doctores acerca de la historia;    
          Revuelvan sus papeles y escarben su memoria.    
          Yo ajustaré mi historia a esta verdad notoria:    
          Sin la razón divina la historia es ilusoria.  

 
Se dan noticias y recuerdos 
del Valle de la Virgen 
   
    En un rincón pequeño de América Latina;    
    Un íntimo refugio de la Grande Argentina;    
    Un nido entre dos ramas de la montaña andina;    
    Una flor de la ríspida tierra calchaquina.
    Es un valle el que canto, valle tibio y callado,    
    (Tibieza de regazo callar ensimismado);    
    Su encanto un poco triste tiene el aire olvidado    
    Del niño que sonríe después de haber llorado.    

    Tiene expresión de niño por esa claridad    
    Con que el cielo compensa su pura soledad.    
    Tiene la transparencia que da la santidad    
    Hecha de penitencia, templanza y humildad.   

    Pues en la piedra ascética labra su fortaleza    
    Y está en sus arenales su penitencia impresa,    
    Y, como ejemplo digno de la mejor pobreza,    
    Gana lo indispensable para tender su mesa.    

    Quien nuestro valle vieja no olvidará la unción    
    Que infunde ese aire propio de la contemplación:    
    Su silencio más vale parece una oración,    
    Nos recuerda el silencio de la Consagración.    

    Si hasta sus plantas muestran devotas propensiones:    
    Los sauces, penitentes con sus tribulaciones,    
    Los álamos monásticos, en quietas procesiones,    
    Y, como candelabros sagrados, los cardones.    

    Y, en su vejez fortacha, el algarrobo andino    
    - Follaje barbiclaro, tronco nudoso, endrino -    
    Pareciera la imagen de un viejo peregrino    
    Parado en una acequia o al borde de un camino.    

    Tierra meditativa, con algo de eremita;    
    Huraña, en su aridez, como el alma diaguita;    
    Más generosa y sana como el agua bendita    
    Para quien de su clima bendito necesita.    

    Tierra sobria y modesta no obstante su grandeza;    
    Y humilde y descuidada no obstante su belleza;    
    Y doblemente bella debido a la pureza    
    Con que se expresa el alma de su naturaleza.    

    Como para tomarse los cielos por asalto    
    - Sus cielos de zafiro, sus cielos de cobalto -    
    Dos cerros tiene el valle cuya belleza exalto:    
    El Ambato al poniente y hacia el naciente El Alto.    

    Por el cerro del Alto la aurora rebalsada    
    Derrama en esta cuenca su inundación dorada;    
    Por el Ambato, como sobre una flor morada,    
    Desangra sus estambres la tarde consumada.    

    Y entre un fuego de augurio y un fuego de agonía,    
    Como un diamante el aire refulge al mediodía;    
    Así es de luminosa la hermosa tierra mía:    
    Valle de luz, acaso llamársele podría.    

    Valle de luz aún cuando es la noche entrada    
    Pues no hay luna como esta de nuestra tierra amada;    
    Tanto que, cuando en ella ponemos la mirada,    
    Sentimos hasta el alma de pronto iluminada.    

    Recuerdos de la estirpe nativa, por sus bríos.    
    De lo alto del Ambato despéñanse dos ríos:    
    Bajan amenazantes hacia los labrantíos,    
    Braman por las quebradas como toros bravíos. *

      (*)    
      Este brillante tropo, que aquí viene tan bien,     
      no es mío y, por lo tanto, debo decir de quién:     
      Hallólo el gran poeta Luis Franco describien-     
      do una de las crecientes del río Belén.
    
    El río Tala, lleno de arrestos vocingleros,    
    Moliéndose entre piedras con formas de morteros;    
    El gran Río del Valle, de instintos leñateros,    
    Hurtando la hortaliza de nuestros chacareros.    

    Pero una vez caídos en el solar sediento    
    Pagan con sus caudales su mal temperamento:    
    Y el Tala en los canales se torna macilento...    
    Y el del Valle a la larga se vuelve cachaciento...    

    El buen Río del Valle; lo evoco a la distancia    
    Con sensación de viento, de sol y de fragancia.    
    Por sus riberas fueron los días de mi infancia...    
    Mis siestas de aventura, gloriosas de vagancia. *

    
      ___    
      (*)    
      Pasa como dejándome el alma oxigenada     
      el recuerdo de alguna creciente presenciada:     
      Su rumor de tormenta, su olor de madrugada,     
      ¡oh el hondo y fuerte olor de la tierra mojada!
    
    
    A orillas de este río, según los documentos,    
    Nuestras primeras casas tuvieron sus cimientos    
    Allá por los arrimos del año mil seiscientos    
    (Por año más o menos no habrá disentimientos).    

    A la margen izquierda, los colonizadores    
    - Tan pronto guerrilleros, tan pronto labradores -    
    Fundaron sus poblados a cosa de sudores    
    Plantando algodonales por los alrededores.    

    Allí son las primeras mercedes que se dan:    
    La de Nuño Rodríguez -Rodríguez y Beltrán-    
    Que cultivan los indios de La Puerta (Pomán)    
    Y es lo que Pomancillo más tarde llamarán;    

    Las de Luis de Medina, muy rancio encomendero    
    Que atendía sus tierras por medio de poblero;    
    Y la merced de Pedro de Maidana, el primero    
    En el simple y honroso linaje chacarero. *

    
      ___    
      (*)    
      De don Pedro Maidana fue toda esa región     
      Que Valle Viejo tiene por denominación.     
      Allí tuvo su origen la limpia devoción     
      Que viene a ser la sangre de nuestra tradición.
    
   
    A la margen derecha, y hacia la serranía,    
    De otra merced el dicho Medina disponía;    
    Allí un pequeño pueblo, que Dios bendeciría,    
    Como una flor de aromo su corazón abría.    

    Su corazón de tierras dolientes y riscosas    
    Comenzaba a inundarse de acequias luminosas    
    Pues ya por las profundas quebradas silenciosas    
    Bajaba una creciente de estrellas y de rosas.    

    Oh Choya, nuestro Líbano, según en su tratado    
    El buen Padre Orellana lo llama emocionado:    
    Oh Choya, magro y triste rincón santificado:    
    Allí Nuestra Señora buscó a su pueblo amado.

 

III     

Aquí se dice cómo la historia de la Virgen 
comienza de repente. 
 

    

    La historia de la Virgen comienza de repente;    
    Así todo prodigio se suele hacer presente:    
    La luz que nos alumbra fue repentinamente    
    Y así será la hora del Juicio, ciertamente.    

    Dios no tiene presente, futuro, ni pasado;    
    Dios es lo repentino eternamente dado.    
    Y como en cada cosa su autor es reflejado    
    Toda cosa comienza como Él las ha creado.  

    Mirad las maravillas que el día nos ofrece;    
    Comienzan de presente, o, al menos, nos parece:    
    Repentina es el alba, pues de pronto amanece    
    Y nadie ve el instante preciso en que aparece.    

    Tampoco es, el comienzo de la noche, advertido;    
    Cuando nos damos cuenta es porque ha oscurecido    
    O porque alguna estrella de súbito ha encendido    
    Su fulgor cuyo origen jamás es sorprendido.    

    Mirad la primavera, que tanto hemos mirado;    
    Siempre llega de pronto, como algo inesperado.    
    Todo el año aguardamos y en el menos pensado    
    Momento constatamos que el árbol ha brotado.    

    Y pues, como un principio primaveral debió    
    Ser aquel día oscuro que el valle iluminó:    
    El día en que la Madre de Dios aquí llegó    
    Y en la gruta de Choya su Imagen floreció.    

    Primaveral sorpresa tuvo que haber tenido    
    El valle al encontrarse de pronto embellecido    
    Por esta Flor que nadie le había prometido    
    Pero que, al ser nombrada, ya había florecido.    

    Pues ya había florecido la Siempre Bien Nombrada    
    Entre breñales ásperos humilde y delicada.    
    La colina de Choya fue su primer morada;    
    En una oscura gruta la hallaron alojada.    

    La hallaron unos indios, en una gruta oscura,    
    Como una flor del aire de delicada y pura.    
    La tradición lo dice y el tiempo lo asegura:    
    Aún vemos la colina, la gruta aún perdura.    

    ¿Quién pudo aquí traerla? ¿Qué mano venturosa    
    Hizo a esta tierra obsequio de Flor tan prodigiosa?    
    La historia en este punto se queda silenciosa;    
    La tradición lo tiene por cosa misteriosa.    

    Sólo se sabe de esto que un repentino día    
    Los indios encontraron la Imagen de María;    
    Y que secretamente le hicieron romería;    
    Y que, seguramente, lloraron de alegría. 

 

IV   

Donde se cuenta cómo un devoto labriego halló 
la Santa Imagen 
   

    En esos duros tiempos moraba en Valle Viejo    
    Un hombre que era de altas virtudes fiel reflejo.    
    Varón de juicio recto y corazón parejo    
    A Dios rendía cuenta pidiéndole consejo.    

    Natural de Vizcaya, lo podemos filiar:    
    Buen soldado del Rey, buen cristiano a la par;    
    Y tan buen labrador como buen militar;    
    Se llamaba este hombre: Manuel de Zalazar.    

    Sirvió a su Rey, en Chile, como cabal soldado;    
    Sirvió a nuestro suelo como labriego honrado;    
    Sirvió a Santa María como hijo señalado;    
    Y éste es, entre sus méritos, el más recomendado.    

    La Conquista lo trajo por tierra tucumana,    
    Y aquerenciado en ella quedó de buena gana;    
    Obtuvo en Catamarca una merced cercana    
    A las de Luis Medina y Pedro de Maidana.    

    Allí, como vecino de estancia o de alquería    
    (Que entonces no otra cosa Valle Viejo sería)    
    Vivía este dilecto devoto de María    
    En el temor de Dios y en su santa alegría.    

    Mas, amén de vecino y amén de labrador,    
    Como era varón justo y honrado servidor,    
    El valle le tenía por Administrador;    
    Le tenían los indios por juez y defensor.    

    Y como tal, sin duda, llegó a saber de oídas    
    Que desde hacía un tiempo, por las anochecidas,    
    Enderecera a Choya los indios a escondidas    
    Se internaban con lámparas y velas encendidas.    

    Oyó que en cierto oculto rincón de las quebradas,    
    Frente a una antigua gruta prendían fogaradas;    
    Con música de quenas cantaban sus tonadas;    
    Bailaban sus extrañas danzas descompasadas.    

    Temiendo que ello fuera cosa de idolatría;    
    Velando por los indios a quienes protegía;    
    Quiso el buen vizcaíno, como correspondía,    
    Averiguar la causa de tanta algarabía.    

    Y fue siguiendo rastros de aquella procesión    
    Y dio al fin con la gruta; y, oh gran revelación,    
    Allí estaba una Imagen; y era su filiación:    
    La muy santa y muy limpia y pura Concepción.    

    Tenía de española facciones parecidas;    
    Tenía de indiecita la tez oscurecida:    
    En su expresión criolla ya estaban confundidas    
    La raza redentora, la raza redimida.

V     

Se da la razón de como la imagen 
fue llevada al Valle Viejo  
    

          No era aquel escondrijo residencia genuina    
          Ni adecuada a tan alta delegada divina.    
          No era cofre seguro ni propicia hornacina    
          Para imagen de joya tan legítima y fina.    

          Esto reflexionaba Manuel de Zalazar    
          Sin saber qué camino sobre el punto tomar    
          Pues, desgraciadamente, no había en el lugar    
          Ni residencia regia ni parecido altar.    

          - Oh, Santa Inmaculada y Pura Concepción -   
          Pensaba el buen anciano lleno de confusión -;    
          Tú que sabes lo mísero de nuestra condición    
          Comprenderás la causa de esta mi turbación...    

          ¿Dónde habremos de darte rincón acomodado?    
          ¿Dónde hospedaje digno de su significado?    
          Llegas tan de improviso que el pueblo, avergonzado,    
          Sufrirá más que nunca de verse tan privado...    
                                                                                                       
          En un silencio pleno de gracia y de ternura    
          La Virgen lo miraba como a una criatura;    
          Lo miraba la Virgen con expresión tan pura    
          Que el aire parecía llenarse de dulzura.    

          Mas, quien oye el silencio siente la poesía,    
          Y estaba el buen labriego como ebrio de armonía,    
          Pues por aquel silencio sagrado recibía    
          La musical palabra de la Virgen María:    

          Bendito sea el valle que por morada elijo    
          Porque en él tendrá gloria la causa de mi Hijo;    
          Y bendito su pueblo que en mi piedad cobijo,    
          Porque honrará en mi nombre la fe del Crucifijo.    

          No sea su pobreza causa de humillación,    
          Pues sólo amor le pido por buena habitación;    
          Y así, para hospedarme según mi condición,    
          Cada cual un palacio tiene en su corazón.    

          Tomo esta tierra simple por primogenitura;    
          Y me tendrán sus hijos en amistad segura,    
          Y me harán un santuario y entre ellos con holgura    
          Viviré como quiera que sea su ventura.    

          Así debió dictarle la Virgen "morenita",    
          Pues Zalazar, sintiéndose libre de toda cuita,    
          Puso sobre sus hombres a la Imagen bendita    
          Y la llevó a su casa, según palabra escrita. 

 

VI     

Se dice cómo Zalazar 
dio hospedaje a la Reina

          Como cabal cristiano, vivía Zalazar    
          Haciendo un verdadero santuario del hogar,    
          Como si adivinara su corazón sin par    
         A Quién, precisamente, tendría que hospedar.    

          Casa de labradores la suya, una cabaña    
          Un nido, que dijéramos, al pie de la montaña -;    
          Piso de suelo, adobes, techo de barro y caña...    
          (Como el hornero, el hombre, sin tierra no se amaña).    

          Dos piezas a lo sumo, con el galpón de usanza    
          Para guardar los frutos y enseres de labranza;    
          Y algún árbol de sombra y alguna bestia mansa    
          Para amistad segura y aliento de confianza.    

          Dentro, lo indispensable para saber vivir:    
          El santo Crucifijo que honrar y bendecir,    
          La mesa en que la vida se puede repartir,    
          El catre en que se nace y se aprende a morir.    

          Afuera, el campo a cuya ventura generosa    
          Confiaba el buen labriego su vida fatigosa,    
          Y el pequeño jardín cuya alma primorosa    
          Con amor educaban las manos de la esposa. *    

    
                              ___    

                              (*)    

                              Beatriz se llamaba su esposa, según diz;     
                                       Y él cultivaba tierras de algodón y maíz;     
                                       Y como tenían hijos era un hombre feliz     
                                       Con sus hijos, sus tierras y doña Beatriz.    

    
          En esa sencillez elemental de vida    
          Halló Nuestra Señora ternura merecida,    
          Pues como a Reina y Madre le dieron acogida    
          Y honraron su linaje con devoción cumplida.    

          Le erigieron, devotos, en el mejor lugar    
          De la casa un pequeño pero precioso altar;    
          Lo trabajó en madera el propio Zalazar    
          (San José desde el cielo lo debía guiar).    

          Las mujeres hicieron las telas de ornamento    
          ¡Con qué amor bordarían y con qué sentimiento! -    
          Los vecinos, sumados al acontecimiento,    
          Brindaron sus oficios y su comedimiento.    

          Y estaba allí la Imagen, como en un relicario,    
          Junto al signo de su Hijo clavado en el Calvario.    
          Y he aquí, cada tarde, venía el vecindario    
          A hacerles compañía y a rezar el rosario.    

          Y así fue convirtiéndose aquella humilde choza    
          En huerto y residencia de la más pura rosa.    
          Y en medio de esa gente sencilla y candorosa    
          Debió Nuestra Señora sentirse muy dichosa.    

          Debió sentirse honrada según merecimiento    
          Pues no tardó en dar muestras de su agradecimiento    
          Brindando la alta gracia de su primer portento    
           A quien tan bien supiera brindarle alojamiento.

VII     

Nárrase de qué modo la Virgen 
compensó al piadoso labriego
   

          Y fue, según nos cuenta la antigua tradición,    
          Que llegados los días de la recolección    
          Vio Zalazar sus tierras llenas de bendición;    
          Glorificó la blanca cosecha de algodón.    
                                                                                                    
          Guardando estaba el fruto de su honrado sudor:    
          Parte en el galponcito, parte en el comedor.    
          Y daba el campesino sus gracias al Señor    
          Al ver en tal compensa su afán de labrador.    

          Más he aquí, la dicha no siempre precavida,    
          Y tuvo el buen anciano desgracia inmerecida,    
          Pues una de esas tardes, hacia la anochecida,    
          Prendióse fuego el grueso de la cosecha habida.    

          ¡Ay, como en un relámpago se ve la noche oscura,    
          Presiente el hombre al punto toda su desventura:    
          Ve en cenizas trocados su pan y albergadura,    
          Su abrigo en desamparo, sus fuerzas en flacura!    

          Prueba tal, a sus años, cierto no merecía;    
          Y como Job, amargo su corazón sentía,    
          Mas he aquí la Imagen de la Virgen María,    
          En ella buen escudo su corazón tendría.    

          Corrió, pues, al impulso de su desasosiego    
          Que apenas permitía la exclamación por ruego    
          Y confiando a la Virgen su suerte de labriego    
          Tomó la Santa Imagen y la arrojó en el fuego.    

          Como si una invisible llama las sometiera    
          Se extinguieron al punto las llamas de la hoguera.    
          ¡Y qué mucho, si aquello no era labor, siquiera,    
          Para quien del Infierno las llamas redujera!    

          Con esta maravilla doméstica y sencilla    
          Que en su piadosa siembra fue la primer semilla,    
          Abrió para esta tierra la Virgen sin mancilla    
          Su inagotable fuente de amor y maravilla.    

          Honremos el milagro que dejo relatado.    
          Sea de todos visto, de cada cual contado;    
          Sea reconocido bendito y alabado    
          En toda la pureza de su significado:    

          Por él Nuestra Señora, con su habitual finura,    
          Nos ofreció la gracia de su amistad segura    
          Para vencer el fuego de la pasión impura    
          Y la devoradora llama de la amargura.    

          Por él quiso mostrarnos lo que su amor sería    
          En esta nuestra tierra secana y labrantía;    
          Fuente y abrevadura para la sed baldía,    
          Lluvia sobre la ardura mortal de la sequía.    

          Y sobre todo quiso, tal vez, Nuestra Señora    
          Anticipar su signo de Pacificadora    
          En ese gran incendio de furia abrasadora    
           Que vino a ser la larga guerra conquistadora. 

VIII    

 

De las pruebas de amor que dio
Nuestra Señora a los indios de Choya 
   
          En tanto en la pequeña casa de Zalazar    
          La devoción doméstica se hacía popular    
          Y a la Virgen del Valle venían a alabar    
          Peregrinos de todas las fincas del lugar;    

          Allá en Choya los indios, presos de su hurañía,    
          Lloraban a la Imagen de la Virgen María.    
          Les desolaba el alma ver la gruta vacía,    
          Se sentían privados de amparo y compañía.    

          Y esto, para la Virgen, debió ser afligente    
          Pues sentía por ellos, muy evidentemente,    
          Esa especial ternura que toda madre siente    
          Por aquel de sus hijos más privado o ausente.    

          Mas ¿cómo darles prueba cabal de su intención?    
          ¿Cómo indicio preciso, señal y persuasión    
          De que sus hijos indios dada su condición    
          Tenían bien ganado sitio en su corazón?    

          Un día, al despertarse, advirtió Zalazar    
          Que la Imagen sagrada no estaba en el altar.    
          Buscó en toda la casa sin omitir lugar;    
          Buscaba inútilmente, no la podía hallar.    

          Fue por el vecindario, recorrió la poblada,    
          No hubo estancia ni choza que no fuera avisada.    
          Nadie daba razones, ninguno sabía nada;    
          La población entera sintióse consternada.    

          Al fin, como guiado por un presentimiento,    
          Fue Zalazar a Choya, ya casi sin aliento;    
          Se encaminó a la Gruta, y oh singular portento:    
          Allí estaba la Causa de su contentamiento.    

          Tomó otra vez la Imagen como en el primer día;    
          Con ella dialogando volvióse a la alquería.    
          (Dicen que en el camino lloraba de alegría    
          Y entre lágrimas y rezo casi la reprendía...)    

          Ya de nuevo en la casa, con candor atrevido    
          Púsose a darle quejas muy grave y resentido,    
          En tanto se afanaba limpiando su vestido    
          De espinas y abrojos que se le habían prendido.    

          Decíale : ¡Qué traza de Madre del Señor,    
          Mira, llena de abrojos y espinas y sudor!    
          ¡Y el manto que da pena, y el vestido peor...    
          Quién sabe si podremos hacerle otro mejor!    

          Mas no tardó la Imagen, conforme a su poder,    
          En volver nuevamente a desaparecer.    
          Tanto, que sus devotos dieron en entender    
          Que la Virgen quería santuario a su placer.    

          Y pues, se reunieron las gentes de la villa,    
          En comisión los ricos, los pobres en cuadrilla.    
          Y entre pobres y ricos, con devoción sencilla,    
           Le hicieron homenaje de la primer capilla.

IX    

          Se evidencia cómo Nuestra Señora del Valle 
decidió la conquista 

          De nombres y de hazañas la historia necesita:    
          Nombremos al Teniente Juan Pérez de Zurita.    
          Cruzó la cordillera cuando era inexpedita,    
          Abrió la gran conquista de la región diaguita.    

          Tres ciudades al hilo, tres fuertes que serán,    
          Londres, Cañete, Córdoba - fundó en el Tucumán.    
          Con sólo sesenta hombres anduvo en tal afán.    
          Esto es lo que se llama ser todo un capitán.    

          Porque si bien se mira (y yo lo miro así)    
          No era hecho regalado ni cosa baladí    
          Largarse en esos tiempos por estos valles y    
          Meterse con el quilmes y con el calchaquí.    

          Repárese que entonces - palabra de cronista -    
          Todo era tierra ignota, fragosa e imprevista.    
          Ello para más honra del hombre de conquista    
          Y para mayor gloria del buen evangelista.    

          Y ampliando la azarosa noción de la aventura:    
          La sed, la puna, el hambre, las noches sin mensura,    
          La soledad poblada de fiebres y amargura,    
          Las marchas infinitas y la traición segura.    

          Todo esto está en la empresa de aquel conquistador    
          Guerrero de alto temple, sutil observador -    
          Que a fuerza de agudeza, de audacia y de valor,    
          Fundó las tres ciudades ya dichas en su honor.    

          Londres, en Catamarca, es de ellas la primera:    
          Ciudad errante y trágica como ninguna fuera.    
          Los indios no le daban tregua ni cabecera    
          Y anduvo en cinco puntos mudando enderecera.    

          Fue el año mil quinientos cincuenta y ocho cuando    
          En Quimivil la fundan con Árbol y con bando. *    
          A los cuatro años justos ya estábase mudando    
          Al valle andalgalense llamado de Conando.    

    
                              ___    

                              (*)    

                       Hay quien habla del valle de Quimivil, pero hay quien     
                                   Dice río y no valle. Todo puede estar bien,     
                                   Pues Quimivil fue un valle de Belén y también     
                                   Hubo un río así dicho y en el mismo Belén.     
   

          Pues entre tanto había la situación cambiado:    
          En Chile otro gobierno y aquí otro mandado;    
          Juan Pérez de Zurita depuesto y desplazado,    
          Gregorio Castañeda por sucesor nombrado.    

          Y como toda escoba nueva quiera barrer,    
          El dicho Castañeda comienza su quehacer:    
          Lo que Zurita hiciera se pone a deshacer;    
          Muy malas consecuencias trajo su proceder.    
                                                                                                                
          Muy malas consecuencias porque la brava indiada    
          Que por Zurita estaba más bien pacificada,    
          Con tantos movimientos se siente incomodada;    
          (No hay picazón que no arda después de ser rascada...)            
                                                                                                                        
          De entonces el destino de Londres es andar,    
          Luchar, caer rendida, volverse a levantar;    
          Mudar siempre de nombres cambiando de lugar    
          Y siempre ante el asedio y en el peregrinar.    

          Londres, Villagra, Londres, San Juan de la Ribera...    
          Un día en cualquier parte y otro en otra cualquiera.    
          Un poco imaginaria y un poco verdadera    
          Esta ciudad a veces parece una quimera.    

          Con el Gran Alzamiento comienza su odisea;    
          ¡A Londres! es el grito de ofensa y de pelea:    
          Y alrededor de Londres todo remolinea    
          Y a Londres se defiende y a Londres de saquea.    

         Seis años duraría la pavorosa gesta    
          Heroica y sanguinaria, magnífica y funesta.    
          Seis años de incansable bravura manifiesta    
          Entre la Fe y el mito, la espada y la ballesta.    

          En el solar diaguita, de uno al otro confín,    
          No habría otra consigna que luchar hasta el fin;    
          Pues ya por las quebradas de Sínguil y Hualfín    
          Corría inexorable la voz de Chalemín;    

          E iban los sigilosos guerreros calchaquinos    
          Cortando los atajos, copando los caminos;    
          Ora en agazapados avances felinos,    
          Ora en un torbellino de golpes repentinos.    

          Aferrada a su instinto de celo y de porfía,    
          Londres, bajo el asedio, luchaba en la agonía.    
          Por todos sus costados la indiada rebullía    
          Y un cinturón de miedo la población ceñía.    

          Allí probó su sangre corajuda y señera,    
          General benemérito, Don G. Luis de Cabrera,    
          Nieto de aquel famoso Juan de Garay que fuera    
          Fundador de ciudades, guerreros de primera.    

          Sin miras de refuerzos, librados a su suerte,    
          Con esa sed de vida que en fiebre se convierte,    
          Aún seguían poniéndole barreras a la muerte    
          Los desapoderados defensores del fuerte.  

 

LOORES
 

I    

          Donde el autor invoca el buen ejemplo 
de Gonzalo de Berceo 

     
          Comience mi alabanza por invocar el estro    
          De quien en la alabanza fuera el primer Maestro:    
          Gonzalo de Berceo, cantor devoto y diestro;    
          Aquel que daba un verso por cada padrenuestro.    

          Maestro en el oficio de la cuaderna vía,    
          Juglar de cuatro santos y de Santa María,    
          Tu voz en nuestro idioma fundó la poesía    
          Juntando la belleza con la sabiduría.    

          Por cuanto en la plegaria te hiciste buen cantor    
          Para cantar la gloria de Dios Nuestro Señor;    
          Por cuanto en la poesía fuiste predicador   
          Honrando así el destino del versificador;    

          Por cuanto nos enseñas que el verso es un reflejo    
          Del Verbo que, en el alma, nos tiene por espejo:    
          Pido tu voz, maestro, recaudo tu consejo    
          Y en la cuaderna vía mis versos aparejo.    

          Tengo por bien sabido lo mucho que he perdido    
          En el afán nocturno del verso descreído;    
          Tengo por muy seguro que anduve oscurecido    
          Gastando malamente lo buenamente habido.    

          Pero hoy que el pensamiento volvemos a lo llano    
          Y amamos la palabra de modo más humano,    
          Quiero dejar que cante mi corazón cristiano    
          Con emoción de niño y acento de paisano.    

          A vos, pues, oh maestro de Berceo nombrado,    
          Acudo como hermano menor desaplicado;    
          Pues siguiendo tus pasos también heme encontrado    
          Del Amor Verdadero por fin enamorado.    

          A vos, noble poeta - jardinero que un día,    
          Cultivando esas puras rosas de poesía,    
          Descubriste en tu huerto (Mester de Clerecía)    
          Que la rosa más pura llamábase MARÍA.    

          A vos mi voz acude porque fuiste el primero    
          En orar con el júbilo musical del trovero;    
          A vos porque, rimando la oración del romero,    
          De lo bello mostrabas mejor lo verdadero.    

          Que tu estrofa, maestro cantor y peregrino,    
          Acompase mi aliento de plegaria y de trino.    
          Que tu verso me sirva de huella en el camino    
          Hacia el Yantar Sagrado y el Cáliz de Buen Vino.    

          Que tu música, agreste rector de la alabanza,    
          Convierta en oración mi canción de labranza.    
          Que tu alabanza, oh claro pastor de melodías,    
          Mis pastoriles rezos convierta en poesías.    

          Pues vengo yo también a ofrendar mis loores    
          A quien por su pureza fue elegida entre flores;    
          Por su bondad llamada Amor de los Amores;    
          Por su piedad nombrada Dolor de los Dolores.  

   

II    

          Donde el que alaba apela a tres Virtudes 
de la Madre de Dios        

       Muy pequeña es mi voz, muy alto es el lugar    
          De Aquella a quien mi voz bien quisiera llegar;    
          Válgame, pues, sus propias virtudes para dar    
          Tamaño a mi esperanza de poderla alcanzar.    

          Válgame su pureza, para alabar en ella    
          La gracia del rocío sobre la flor más bella:    
          El lirio con su límpida tersura de doncella,    
          El jazmín, que en la tarde tiene algo de la estrella.    

          Válgame su ternura, para, en ella, alabar    
          La lumbre que en invierno dulcifica el hogar,    
          La maternal caricia y aquella voz sin par    
          Que la canción de cuna logró santificar.    

          Válgame su piedad - pues nadie sufrió tanto -    
          Para alabar en ella las virtudes del llanto:    
          Fuego que templa, bálsamo que redime el quebranto,    
          Agua lustral que nutre las raíces del canto.    

          Válgame su pureza, su bondad, su pasión,    
          Para dar a estos versos su justa condición;    
          Para que estas palabras hallen la inspiración    
          De la Misma que invocan desde mi corazón:    

          Nombro a la Pura Niña, sin pecado engendrada;    
          Nombro a la Esposa Casta, intactamente amada;    
          Nombro a la Madre Virgen, de concepción sagrada;    
          Nombro a la Vencedora de la serpiente alada.    

          Nombro a Santa María, madre de todo hogar;    
          Reina de todo reino, puerto de todo mar;    
          La misma que Gloriosa gustaban de llamar    
          Los que, antaño, guardaban sentido en el hablar.    

          La misma que, de un pueblo de pastores venida,    
          Sin mancha de pecado original nacida,    
          Fue entre sus hermanas la Única, elegida    
          Para traer al manso Cordero de la Vida.    

          La misma que, sabiéndose Madre del Redentor,    
          Por voluntad del Padre - que es Dios Nuestro Señor -    
          Y por amor del Hijo - que es el Supremo Amor -    
          Se aviene a ser la Madre de todo pecador.    

          La misma que, teniendo celestial residencia,    
          A ruego de sus hijos, por obra de indulgencia,    
          Baja un día de la alta morada y su presencia,    
          En esta nuestra tierra tan pobre se aquerencia.    

        Y en nuestra tierra queda, y, bajo nuestro sol,    
          Su faz se va tiñendo lo mismo que el mistol.    
          Ah, celestial y criolla; la fe que es buen crisol    
          Funde en su nueva imagen lo indiano y lo español.  

 

 

III    

          Donde se encomia el nombre lugareño 
dado a Nuestra Señora    
  
          A insta íntima presencia con que Santa María    
          En nuestra humilde tierra tomó ciudadanía,    
          Ángeles del idioma bautizaron un día    
          Con un nombre que es todo fragancia y poesía.    

          Para evocar tal nombre recuerde a cada paso    
          La oración con que el náufrago resurge del fracaso    
          (Aquella que rezábamos al alba y al ocaso,    
          Y que nos consolaba lo mismo que un regazo):    
   

          Dios te salve Reina y Madre de dulzura    
          Vida y misericordia (Madre de la ternura).    
          Y luego: A ti clamamos gimiendo en la amargura    
          De este valle de lágrimas que es nuestra desventura...    

          Y, por cuanto en un valle nacimos y sufrimos,    
          Y a Ella, Virgen y Madre, como hijos acudimos;    
          Virgen del Valle, Madre del Valle le decimos    
          Por el consuelo hallado y el valle en que lo hubimos.    

          Y así, bajo ese título tan caro a nuestro celo,    
          Quiero alabarla ahora en mi cristiano anhelo    
          De que la Imagen suya - que es tan de nuestro suelo -    
          Siga uniendo en nosotros la tierra con el Cielo.    
    
          Y al alabarla en nombre de la honrada comarca    
          Cuyas fronteras siempre su protección demarca,    
          El tiempo, con su justa palabra de patriarca,    
          Pongo en mi voz, por honra, la fe de Catamarca.    

          Ponga en mi voz, por honra, la devoción con que,    
          En la hora de la lucha, del hambre y de la sed,    
          San Fernando del Valle de Catamarca fue    
          Custodia de su Imagen y fortín de la Fe.    

          Ponga en mi voz, por honra, la firmeza de amor    
          Con que este pueblo simple, templado, soñador,    
          Modesto en la ventura y entero en el dolor,    
          Tiene en su Reina y Madre su espejo y mirador.    

          Y porque así tal pueblo, desde su primer día,    
          La sigue y sólo en ella se conforta y confía:    
          Señora es de este valle, con justa nombradía,    
          Por derecho de amor y de soberanía.    

          Señora de este valle, donde la prodigiosa    
          Rosa de sus milagros florece en cada cosa.    
          Pues es la Rosa Mística, la Verdadera Rosa,    
          La que hace nuestra tierra de pronto tan hermosa.  

 

   

 

IV    

          Donde el poeta habla a su tierra 
que la Virgen bendijo     
   
          Tierra de Catamarca, tierra en que yo nací;    
          Oh nunca bien amado solar del calchaquí;    
          Con la voz que me diste quiero elogiarte aquí,    
          Connatural recuerdo de lo mejor que vi.    

          Tierra de sol guerrero y noches nazarenas;    
          De cerros vigilantes y dormidas arenas;    
          Tierra de ásperos vientos y suaves yerbabuenas:    
          En ti se reconcilian cóndores y azucenas.    

          Tierra del algarrobo, patriarca vegetal;    
          Y del coyuyo, mágico pregonero estival;    
          Tierra de Pachamama, oh tierra maternal    
          (Aún oigo en las torcazas tu arrullo sin igual).    

          Tierra en que se compensan pesares con anhelos;    
          Sufrida, pero nunca privada de consuelos:    
          Si triste en tus nocturnos, hermosa en tus desvelos;    
          Si pobre de riquezas, espléndida de cielos.    

          Oh tierra casi humana cuando, en la soledad,    
          Los cielos y la tierra comparten tu ansiedad:    
          Y en sus cumbres lo íntimo se torna eternidad    
          Y en el valle lo eterno se vuelve intimidad.    

          Desde la lejanía que la nostalgia alcanza:    
          Bendita seas, tierra - te dice mi alabanza -;    
          Bendita en Fray Mamerto, tierra de la templanza,    
          Tierra mitad recuerdo y mitad esperanza.    

          Bendita seas, tierra, por tu mayor favor,    
          En las honradas manos de cada labrador;    
          Bendita en el milagro del fruto y de la flor    
          Por el que tú repites la voz del Creador.    

          Bendita en tu callada y antigua sencillez;    
          Y en tu humildad de vida, tan llena de honradez;    
          Y en tu hospitalidad y en tu desinterés,    
          Oh hidalga tierra mía, pobre y noble a la vez.    

          Bendita en esa paz que es el supremo bien    
          De tu ciudad, gemela de la antigua Bethlehem;    
          Y en la paz de tus campos evangélicos y en    
          La de los que en tu seno ya reposan su sien.    

          Y bendita en tu sol, de claridad fecunda;    
          Y en la montaña pétrea que tu ciudad circunda;    
          Pues de esa luz tiene algo la fe que nos inunda    
          Y que es, como tu roca de firme y de profunda.    

          Todo cuanto tú tienes propicio a la alabanza    
          Ya es bendito en la Imagen que inspira tu confianza;    
          ¡Oh, Catamarca, tierra de salud y esperanza:    
          Nueva depositaria del Arca de la Alianza! 

 

    

V   

        Donde se reconoce a Nuestra Señora 
como razón de la conquista   
   

    Muy señores de España a esta tierra vinieron;    
    Con bracos hijos de ella su coraje midieron.    
    Aquí el hambre y la sed del asedio sufrieron    
    Y como hombres de España vencieron o murieron.    

    Codiciosos algunos, otros más que abnegados;    
    Pecadores aquellos, éstos bien ordenados.    
    Mas todos por la misma grandeza confirmados    
    Y por el mismo fuego sus ánimos templados.    

    (Grandeza, la de Hispania, que aún nos conmueve tanto;    
    Fuego, el eterno fuego del Espíritu Santo.    
    La noble espada puesta junto a la cruz del santo:    
    Ley de caballería del Manco de Lepanto.)    

    Nietos del Cid, traían, con cruz y con espada,    
    De Santiago el Apóstol la aventura sagrada.    
    Pero también traían, bajo la fe sellada,    
    Tu devoción, oh dulce María Inmaculada.    

    Tu devoción, oh fresco manantial interior;    
    Fuente reparadora, fortaleza de amor;    
    Refugio en que el vencido se torna vencedor;    
    Razón de la conquista que hizo el conquistador.    

    Razón de la Conquista, pues tú, Real Señora,    
    Fuiste en definitiva nuestra conquistadora;    
    Pues para tu alto imperio, que al cielo condecora,    
    No hubo raza vencida ni raza vencedora.    

    No hubo raza vencida porque en tu advocación    
    Halló el indio, lo mismo que el blanco, protección;    
    Porque, bajo el amparo de tu dominación    
    Todos tuvieron sitio para su salvación.    

    No hubo raza vencida porque bajo tu manto    
    - Símbolo, como el cielo, de tu dominio santo -    
    Igual abrigo hallaron, conforme a su quebranto,    
    Los unos y los otros para enjugar su llanto.    

    Y, como tu infinita voluntad de clemencia    
    Siempre en el Padre encuentra segura complacencia,    
    Para tus hijos indios habló la Providencia    
    Con esa voz tan clara que llaman evidencia:    

    Y he aquí que son indios esos niños que un día,    
    En una oscura gruta de cierta serranía,    
    Encuentran una Imagen que aún nadie conocía    
    Pero a la que ellos llaman Mama - Virgen María.    

    Y he aquí que más tarde, llegada al fin la hora    
    En que la guerra cesa su obra devastadora,    
    En tu imagen los indios cautivos, sin demora,    
    Reconocen atónitos a su Conquistadora.    

    Mas tú, piadosa siempre, lejos de sojuzgarlos    
    En tu delicadeza sólo supiste amarlos.    
    Y ésta fue la conquista de Felipe y de Carlos:    
    ¡Tú, Generala, fuiste primera en conquistarlos!.

     

 

VI  

Donde se dice cómo 
la devoción sucedió a la conquista    
   

    Por esa dulcedumbre con que tu providencia    
    Equilibraba el triunfo con la benevolencia,    
    Aquella raza indómita se rinde a tu presencia;    
    Se hace guardiana tuya, te jura su obediencia.    

    Y ésta es la maravilla por la cual, los que dieron    
    Testimonio asombrado de las cosas que vieron:    
    Alma de la conquista te llamaron, y fueron    
    Justos en la palabra cuando así lo dijeron.    

    Alma de la Conquista que, en síntesis cabal    
    Fue una conquista de almas, no logro temporal.    
    Pues ve como, abolida la causa virreinal,    
    Sigue intacto en nosotros tu imperio espiritual.   

    Queda intacto en nosotros tu glorioso reinado    
    Que es el del PADRE, autor de todo lo creado,    
    Que es el del HIJO, Nuestro Señor Crucificado,    
    Que es el del SANTO ESPÍRITU, por Dios, santificado.    

    Y ¡cómo, oh Capitana, no habías de triunfar    
    Si a tus propios vencidos venías a salvar;    
    Si para ellos tu espada venía a rescatar    
    En la gloria de Cristo su puesto y su lugar!    

    Y ¡cómo aquella raza no aprendería a quererte    
    Si eras toda ternura siendo a la vez tan fuerte;    
    Cómo su vida y muerte no había de ofrecerte    
    Si con amor llegabas derrotando a la muerte!    

    Y, pues que no hay pasado cuando hay integridad,    
    Hoy, casi a los tres siglos de su cristianidad,    
    Gajos de aquella misma planta de la heredad.    
    La misma flor te ofrecen de su fidelidad.    

    La misma flor, por manos iguales cultivada,    
    Vuelve a abrir su corola de amor emocionada    
    Con la misma fragancia y con la renovada    
    Firmeza que es la gracia del alma enamorada.    

    Hoy, casi a los tres siglos, vemos lo que se vio:    
    Cómo este pueblo tuyo, tuyo se conservó;    
    Ni la desesperanza su fe menoscabó    
    Ni en sus ojos tu Imagen el tiempo diluyó.    

    En nombre de esa entera firmeza de basalto    
    Que atestiguan los cerros del Ambato y del Alto    
    Yo, hijo de este valle, tu devoción exalto    
    Con la rodilla en tierra y el corazón en alto.    

    Y porque en tal firmeza, desde su primer día,    
    Esta región te tiene por su lucero y guía,    
    Dígnate oír, oh clara, siempre Virgen María,    
    El ruego que en su nombre mi invocación te envía.

     

 

VII   

Donde el poeta, en nombre de su pueblo, 
pide mercedes a la Virgen     
   

    Virgen del Valle, oh pródiga y fiel advocación    
    De la Llena de Gracia, perfecta en su misión:    
    Mendigo de la gracia y de la perfección,    
    Mi verso, que es de todos, clama a tu corazón:    

    Consciente de los títulos que entraña tu realeza,    
    Reina Madre de Dios y Celestial Princesa,    
    Con tu misericordia mide nuestra flaqueza    
    Y nuestros pobres méritos con tu delicadeza.    

    Tú, que por ser la casta Madre del Salvador    
    Eres la Tierra Virgen que dio Trigo de Amor,    
    Abona en nuestra tierra la sangre del Señor    
    Y fructifica en ella la fe del sembrador.    

    Y pues que eres también Espejo de Justicia,    
    Concede a nuestro pueblo gobierno sin malicia;    
    (No sea el demagogo de adulación ficticia    
    Ni aquel que por el mando consuma su codicia).    

    Tú que eres luminoso Trono de Sapiencia,    
    Haz clara entre nosotros la voz de la conciencia;    
    Y la de los que enseñan la Verdad y la ciencia    
    Para que ambas comulguen en cada inteligencia.    

    Tú, que eres bien llamada Causa de Nuestro Gozo    
    Por cuanto de lo hermoso nace lo jubiloso,    
    Danos el don del canto para cantar lo hermoso    
    Con sentimiento casto y asombro fervoroso.    

    Tú, que eres Vaso Pleno de Gracia, Espiritual;    
    Tú, el más claro y límpido y puro manantial:    
    Multiplica las lluvias, da el agua bautismal    
    Que redima a estos campos de la aridez mortal.    

    Tú que eres, en Ti misma, Casa de Oro, luciente    
    Recinto de la gloria de Dios Omnipotente:    
    Abre un día tu casa hospitalariamente    
    A este pueblo que supo vivir humildemente.    

    Y, porque también eres Vaso de Devoción,    
    Haz brotar de estos cerros la fuente de la unción    
    Para que beba el hombre duro de corazón    
    Y reflorezca en su alma la vara de Aarón.    

    Tú que eres  - por brillante - la Estrella Matutina    
    - Fuente de luz purísima, pureza diamantina -    
    Orienta nuestros pasos, las sendas ilumina,    
    Guía a tus peregrinos de vida peregrina.    

    Oh tú, Puerta del cielo, Consuelo de afligidos,    
    Abre a nuestros mendigos, recibe a los huidos;    
    Resarce a nuestros pobres y a los desposeídos;    
    Asiste a los deudores en su hora desvalidos.    

    Tú que eres el Refugio final del pecador:    
    Reprime al desviado y encáuzalo mejor;    
    Libra al desesperado de su tremendo error;    
    Da amor a los que ignoran el Verdadero Amor.    

    Salud de los enfermos, calma del dolorido,    
    Tú que a cada impedido devuelves su sentido,    
    Ruega por el negado que habiéndolos tenido    
    Nunca por sus locuras los hubo merecido.    

    Tú que das luz al ciego, dala también a los    
    Que nunca la tuvieron para mirar a Dios.    
    Tú que alzas al tullido, Madre, levántanos    
    A los que somos débiles para llegar a Dios.    

    Oh Reina de los ángeles, profetas y patriarcas,    
    Y de todos los santos, pues todo el Cielo abarcas,    
    Tú que eres la Inviolable, sacra Foederis Arca:    
    Guarda al esperanzado valle de Catamarca.    

    Guarda el encanto bíblico de su naturaleza:    
    Sus montañas, sus rosas, su cielo, su tibieza;    
    En los que están presentes tu sin igual firmeza,    
    Tu hermosura infinita, tu paz y tu terneza.    

    Conserva en su benigna pureza la influencia    
    De este clima que es puro gracias a tu presencia.    
    Vierte en los manantiales tu saludable esencia;    
    Da a las hierbas la mística virtud de tu asistencia.    

    Tú que eres Madre del Pastor de los Pastores:    
    Guarda nuestros rebaños y tórnalos mejores.    
    Tú: Madre Tierra Pura, derrama tus favores    
    Sobre los que en la tierra derraman sus sudores:    

    Protege sus sembrados, huertas y plantaciones;    
    Bendícelos con justas pluviales bendiciones;    
    Líbralos de las pestes y las devastaciones    
    Como lo hiciste antaño y en tantas ocasiones.    

    Ampara nuestras vidas, haciendas y heredades;    
    Guarda nuestras campiñas, aldeas y ciudades;    
    Une a todos tus hijos en todas sus bondades    
    Y en sus merecimientos y en sus necesidades.    

    Bendice a nuestros niños, también a los ancianos,    
    En los que Dios nos vuelve más tiernos, más humanos;    
    Y a nuestras tejedoras y a nuestros artesanos    
    En quienes Dios nos habla por la obra de sus manos.    

    Y sobre todo, oh dulce Madre, merced te pido    
    Para los pobres que, ante un destino inmerecido,    
    Emigran de esta tierra  - la tierra en que han nacido -    
    Con un dolor de pájaros privados de su nido.    

    Y si aún posible fuera, dispensa con cariño    
    A este cantor modesto (laurel ninguno ciño),    
    Que quiso darte, en versos de inquieto desaliño,    
    Con entereza de hombre su corazón de niño.    

    VOTO    

    Oh Reina de Paz, quienes coronaron tu sien,    
    Reina te proclamaron de este valle también.    
    Que la paz de este valle, que es nuestro sumo bien,    
    Te alabe en nuestro nombre por los siglos. AMEN.

     

La cadena de oro

Historia de un milagro
muy lleno de enseñanza

Paisanos de mi tierra y, en Jesucristo, hermanos;   
Catamarqueños todos, vallistas y serranos;   
Y vosotros, amigos de cielos más lejanos,   
Peregrinos a quienes yo tiendo mis dos manos.   

Si tenéis para oírme paciencia generosa   
Y gusto por el verso, mayor que por la prosa,   
Os contaré por verso, con voluntad gustosa,   
De "La cadena de oro" la historia prodigiosa.   

 

I   

Comienza con una 
gracia gratis dada 

Érase un caballero que del Perú llegó   
(Como era forastero, su nombre no quedó);   
De la Virgen del Valle favores recibió;   
Ya veremos más tarde cómo se los pagó.   

Este hombre cuyo nombre se da por olvidado   
Era hombre de fortuna y a un tiempo infortunado,   
Que así suele el destino mostrarse compensado   
Cobrando lo otorgado con lo necesitado.   

Mal repartida suerte traía el caballero:   
Si enteramente rico, privado por entero.   
Pudiente por un lado, por otro pordiosero:   
En salud le faltaba lo que tenía en dinero *   

___   
(*)    
                                       Más de media fortuna gastada llevaría    
                                       En trajín de doctores y de curandería:    
                                       Todos le prometían,  ninguno le cumplía,    
                                       Enfermo y con dinero; dos males padecía.    

Era gafo y contrahecho amén de ser tullido,   
Por tremendos dolores continuamente herido.   
De él pudiera decirse, conforme a lo sufrido,   
Que el Purgatorio en vida tenía por cumplido.   

Viajando en su carreta se entera cierto día   
De los grandes prodigios que al pueblo concedía   
La imagen de la Limpia Concepción de María   
Que en Catamarca, el valle, su legación tenía.   

Hizo el tullido voto de peregrinación.   
Mandó que lo llevaran donde la Concepción.   
Le habló con el prestigio de la tribulación:   
La Virgen lo escuchaba de todo corazón.   

Le dice el promesante: - Dios te salve María;   
Llena eres de gracia y de sabiduría;   
El Señor es contigo, de tu bondad se fía;   
Mano que tú le tiendes jamás vuelve vacía.   

Dios te salve, María, llena eres de gracia;   
Piedad es tu consejo y amor tu diplomacia:   
No mires pues mis faltas, atén a mi desgracia,   
Bien sabes que no pido por maña ni falacia...   

Tú eres la sangre intacta que Cristo ha consagrado;   
Yo soy sangre maligna por obra del pecado;   
Haz valer en mi sangre la del Crucificado   
Que así mi cuerpo impuro será purificado.   

Dicha que hubo esta súplica con ánimo ferviente,   
Sobrevino un silencio muy grande en el ambiente:   
Y era que la Purísima, muy silenciosamente,    
Trataba de su caso con Dios Omnipotente.   

Y en esto la gran gente que lo había seguido   
Y estaba en el santuario con ánimo dolido,   
Vio cómo, de repente, parábase el tullido;   
Ya menester no había de andar sobretenido.   

Y en medio del asombro de la feligresía   
Salióse el hombre andando por la capilla umbría.   
Y afuera, por el valle, todo resplandecía   
Como si fuera un ángel la luz del mediodía.   

Cundió la maravilla; todos la comentaron.   
Mandáronse repiques, "laudamus" se cantaron.   
Al subsiguiente día los hombres comulgaron,   
Como se merecía la cosa celebraron.

 

II  

Muestra cómo es de flaca 
la gratitud humana

Fue el hombre buen devoto y, a fuer de agradecido,   
Donó a su bienhechora, de corazón cumplido,   
Una cadena de oro que habíale ofrecido   
Para dejar tan alto favor reconocido.   

Era, el ex voto, prenda de gran quilatería;   
Era de oro macizo (tres mil onzas tendría);   
Era una verdadera joya de joyería   
Con su pendiente lleno de rica pedrería.   

Pero para una Reina de aquella jerarquía   
Todo tesoro fuera muy pobre regalía;   
No hay oro en todo el mundo digno de la valía   
Y los merecimientos de la Virgen María.   

Esto debió pensarlo, sin duda, el agraciado;   
Empero, algo debía tener de mal pensado   
Pues resultó que luego, pensando demasiado,   
Del propio pensamiento salió perjudicado.   

Obraba acaso el rico con ánimo sincero,   
Mas el dinero nunca fue noble consejero;   
Y así que hubo cumplido su voto el caballero   
Saltóle a la conciencia la voz de su dinero. *   

___   
(*)   
                                 Por cierto que la historia no dice nada de esto    
                                 Y yo lo doy, apenas, como un hecho supuesto.    
                                 En todo caso, sépase, que lo que manifiesto    
                                 Ni a la verdad lo sumo ni a la verdad lo resto.    

Le dice: - Mucha prenda la Virgen se ha cobrado   
Por obra que tan poco trabajo le ha costado...   
Hiciste buen negocio, pues fuiste bien curado,   
Mejor lo hubieras hecho no habiéndolo pagado...   

Responde su conciencia con este pensamiento:   
"No se burle el tacaño del agradecimiento;   
Quien no paga en dinero no paga en sentimiento,   
Tanto más si al dinero le tiene apegamiento".   

Hecho este juicio digno de espíritu sensato   
Mandó por sus sirvientes atar el carromato,   
Agradeció a las gentes el generoso trato   
Y así se fue, dejando la tierra del Ambato...   

Pero un viaje largo para una mente ociosa   
Siempre suele ser cosa poco beneficiosa;   
De nuevo el promesante sintió la fe dudosa,   
Volvióle a la cabeza la idea maliciosa.   

La voz de su dinero, que era la voz de Judas,   
Zumbábale por dentro sus "peros" y sus dudas:   
Le decía que el Cielo no precisaba ayudas   
Y en cambio sí, en la tierra, los pobres y las viudas...   

Le decía: - La Virgen no estuvo en sus cabales   
Al aceptar prebenda de bienes materiales...   
Le decía: ...mal hacen por tanto los mortales   
Cuando así la acostumbran a cosas temporales...   

Todo esto le insinuaba la mala voz ladina   
Un tanto por soberbia y un tanto por mezquina;   
Y el infeliz dejábase clavar aquella espina,   
No sacaba razones de la razón divina.   

Nunca cristiano tuvo mollera tan pesada:   
Cuanto más daba vueltas, más la sentía errada.   
"Malhaya la conciencia que cae en tal celada",   
Pensaba, con el alma ya medio acorralada.   

Bien hubiera querido ser hombre de pleitear   
Y a la Virgen Purísima defender y guardar;   
Pero era un pobre rico, su ciencia era sumar;   
Su ciencia no servía para glorificar.   

Al fin, por verse libre de aquella desazón,   
Rindióse el muy cobarde sin previa discusión.   
A su mal pensamiento dio toda la razón;   
Así suelen algunos guardar su religión... 

 

III   

Y concluye enseñando la infinita  
misericordia de la Virgen 

Y sucedió que habiendo llegado el caballero   
Por el lado que llaman Santiago del Estero,   
La Providencia quiso probarlo por entero   
Poniéndolo en terreno más firme y valedero.   

Y allí topóse el hombre, según nos es contado,   
Con un amigo suyo muy íntimo y probado   
Quien, viéndole tan sano, se queda como helado   
Pues hasta ayer lo viera postrado y desahuciado:   

- ¿De cómo y tan priesa vuesa merced sanó? -   
Pregúntale en el habla que hablaban los de pro;   
Y el caballero cuenta lo que le aconteció:   
Cómo pidió a la Virgen, cómo esta lo escuchó.   

Mas, ay del distraído que cae en tentación   
(La tentación a veces no es más que distracción),   
De nuevo la malicia nublóle la razón   
Y el infeliz devoto manchó su devoción.   

Manchó su fe diciendo, de mala voz tentado:   
- La Virgen Nuestra Madre del Valle me ha sanado,   
Mas, gracias sean dadas, por el favor logrado,   
A una cadena de oro que yo le he regalado...   

En hora mala dijo tamaña necedad;   
Por ella cuatro veces faltó, de falsedad:   
Faltó a la Purísima, falto a su piedad,   
Faltó a su palabra, faltó a la verdad.   

Noramala tuviera tan necio parecer,   
Pues esa misma noche pagó su proceder:   
Se apareció la Virgen en todo su poder   
(La historia no lo dice, pero es de suponer):   

- Yo soy la Inmaculada y Pura Concepción -   
Diríale al ingrato la grave aparición -,   
Yo soy la que invocaste en tu tribulación,   
La que escuchó tu ruego de todo corazón.   

Yo soy la que llamaste cuando eras desvalido,   
La misma de quien fuiste prestamente oído;   
Aquella a quien lloraste con llanto dolorido,   
La misma de quien fuiste tan bien compadecido.   

Yo soy la sangre pura que Cristo consagró   
Y por la cual tu impura sangre se redimió;   
Yo soy la que ante mi Hijo tu causa defendió.   
¡Mira a quien tu liviana palabra desdeñó!   

Creíste que podíase comprar mi potestad,   
Creíste con el oro pagada mi bondad.   
Perdiste pues tus méritos de fe y de humildad   
Por los que te ganabas mi buena voluntad.   

Sabrás que por humilde del Cielo fui llamada,   
Que nunca de riquezas me tuve por pagada;   
De no, no me dijeran la Bienaventurada   
Madre de la Pobreza, fortuna bien ganada.   

Por cuanto diste crédito a tu intención ladina   
Y a mi Señor desplugo tu frase tan mezquina:   
Perdiste, desdichado, la voluntad divina,   
Perdiste mi ganada piedad y medicina.   

Así le habría hablado, o en tono parecido,   
Pues ello explicaría lo luego sucedido.   
Estaba el caballero más bien entredormido;   
Del sueño mucho bueno tenemos aprendido.   

Con las palabras dichas, según mi conjetura,   
Debió desvanecerse la celestial figura;   
Lo que pasó más tarde ya tiene su escritura,   
La tradición lo cuenta, por más añadidura.   

Diz que despertó el hombre, por el amanecer,   
Sintiendo que sus nervios volvíanse a encoger;   
Que el mal que padeciera volvía a padecer,   
Que se quedaba gafo como supiera ser.   

Sintió de la parálisis la misma flojedad:   
Como si se le helara toda la voluntad;   
De nuevo los dolores, y con mayor crueldad,   
Parecían cebarse de su inmovilidad.   

A sus gritos acude la gente de la casa:   
Quien corre por el láudano, quien sale por mostaza;   
No hay qué no se le ponga, pero el enfermo atrasa;   
Nada hay que no se le haga, y el mal no se le pasa.   

Como la cama estaba vuelta y desordenada   
Buscaron los sirvientes dejarla acomodada;   
Mas he aquí que se hallan, cual víbora enroscada,   
Con la cadena de oro debajo de la almohada.   

Miró el desventurado su ex voto rehusado;   
Reconoció su culpa, dolióse del pecado.   
De nuevo fue a la Virgen contrito y enmendado:   
¡La Virgen sintió pena de haberlo castigado!   

Pues si es, Nuestra Señora, Espejo de Justicia,   
Nunca de sus poderes se vale con sevicia.   
Y así que hubo el ingrato curado su malicia,   
Lo recibió de nuevo quien es "Nuestra leticia".   

Le perdonó el agravio, le dio salud cumplida,   
Y el peregrino tuvo lección bien aprendida.   
De entonces la cadena quedó por bendecida:   
Le dio Nuestra Señora virtud reconocida.   

Tal es la bella historia de la cadena de oro   
Que nos da buena prueba y ejemplo que valoro,   
De cómo Nuestra Madre se atiene a su decoro   
Cuando el desdén humano se jacta en su desdoro.   

Aprendan de este caso los malagradecidos;   
Consuélense del mismo los bien arrepentidos;   
Quien tenga de la Virgen favores recibidos   
Consérvese en su gracia, no pierda los sentidos...

Juan Oscar Ponferrada: Poeta y dramaturgo nacido en Catamarca, República Argentina.
  Además de escribir el "Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle",  es autor de obras tales como: "El carnaval del diablo"; "Calesitas"; "La noche y yo";  "El alba de Rosa María"; "Flor mitológica"; "El trigo es de Dios" y otras.  Nació en Catamarca el 11 de mayo de 1907 y murió el 5 de septiembre de 1990

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