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Poética
Crónica
Rimada
del
hallazgo y primeros prodigios
de
la imagen
I
De Fe y buena fe
Quien relatar quisiere suceso acontecido,
Diga primeramente cómo es que lo ha sabido;
Diga, en segundo término, lugar del sucedido;
Y diga que cree en ello si quiere ser creído;
Y bien, a lo primero, diré sin vacilar:
Los hechos prodigiosos que vengo a relatar
Se aprenden en mi tierra al aprender a hablar.
¡Miren si lo sabremos las gentes del lugar!
Mas si este antecedentes no fuere suficiente,
Diré, de todo cuanto mi confidencia cuente,
Que amén de haberlo oído de bocas de la gente
Escrito lo encontramos en fidedigna fuente. *
___
(*)
Tocante a los sucesos del tiempo más lejano
(Aquel de la conquista del suelo tucumano),
Tuve versión escrita por mano de Lozano,
Historiador de juicio robustamente sano.
De don Samuel Lafone, tan sabio como viejo,
Leí páginas suyas que a todos aconsejo
Pues, prosa anlgalense, su prosa tiene un dejo
Añejo y convincente, como de vino añejo.
Al poeta Adán Quiroga con propensión seguí
En su defensa extrema del indio calchaquí.
También el muy sensato discrimen, conocí
Del justo y meridiano Padre Antonio Larrouy.
Y el "Ramillete Histórico" tan simple, tan humano
Que hizo el Padre Orellana, piadoso franciscano;
Y las refutaciones de tono pretoriano
Que le hiciera el vehemente Presbítero Soprano.
De estos y más autores que omito a pesar mío
Recibí mucha agua para mi laborío,
Y aún de muchos otros en quienes no confío;
Aquel, por malicioso y aqueste, por impío.
Sobre el lugar en que estos sucesos ocurrieron
Diré que allí mis padres nacieron y vivieron;
Que allí mis propios ojos primera vez se abrieron;
Que de ello bien conozco cuanto mis ojos vieron.
Diré que llevo en honra la tierra en que he nacido
Por lo que allí del Cielo tenemos recibido;
Y que por tal la canto, conforme la he sentido,
Con la ternura inmensa que nos inspira un nido.
Y, por lo que a fe toca, diré, de lo que sé,
Que creo y quiero creerlo, según lo explicaré:
De cuanto a Dios concierne jamás dudar podré;
De la palabra humana doy sólo buena fe.
Disputen los doctores acerca de la historia;
Revuelvan sus papeles y escarben su memoria.
Yo ajustaré mi historia a esta verdad notoria:
Sin la razón divina la historia es ilusoria. |
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Se dan
noticias y recuerdos
del
Valle de la Virgen
En un rincón
pequeño de América Latina;
Un íntimo refugio de la Grande
Argentina;
Un nido entre dos ramas de la
montaña andina;
Una flor de la ríspida tierra
calchaquina.
Es un valle
el que canto, valle tibio y callado,
(Tibieza de regazo callar
ensimismado);
Su encanto un poco triste tiene
el aire olvidado
Del niño que sonríe después
de haber llorado.
Tiene
expresión de niño por esa claridad
Con que el cielo compensa su
pura soledad.
Tiene la transparencia que da
la santidad
Hecha de penitencia, templanza
y humildad.
Pues en
la piedra ascética labra su fortaleza
Y está en sus arenales su
penitencia impresa,
Y, como ejemplo digno de la
mejor pobreza,
Gana lo indispensable para
tender su mesa.
Quien
nuestro valle vieja no olvidará la unción
Que infunde ese aire propio de
la contemplación:
Su silencio más vale parece
una oración,
Nos recuerda el silencio de la
Consagración.
Si hasta
sus plantas muestran devotas propensiones:
Los sauces, penitentes con sus
tribulaciones,
Los álamos monásticos, en
quietas procesiones,
Y, como candelabros sagrados,
los cardones.
Y, en su
vejez fortacha, el algarrobo andino
- Follaje barbiclaro, tronco
nudoso, endrino -
Pareciera la imagen de un viejo
peregrino
Parado en una acequia o al
borde de un camino.
Tierra
meditativa, con algo de eremita;
Huraña, en su aridez, como el
alma diaguita;
Más generosa y sana como el
agua bendita
Para quien de su clima bendito
necesita.
Tierra
sobria y modesta no obstante su grandeza;
Y humilde y descuidada no
obstante su belleza;
Y doblemente bella debido a la
pureza
Con que se expresa el alma de
su naturaleza.
Como para
tomarse los cielos por asalto
- Sus cielos de zafiro, sus
cielos de cobalto -
Dos cerros tiene el valle cuya
belleza exalto:
El Ambato al poniente y hacia
el naciente El Alto.
Por el
cerro del Alto la aurora rebalsada
Derrama en esta cuenca su
inundación dorada;
Por el Ambato, como sobre una
flor morada,
Desangra sus estambres la tarde
consumada.
Y entre
un fuego de augurio y un fuego de agonía,
Como un diamante el aire
refulge al mediodía;
Así es de luminosa la hermosa
tierra mía:
Valle de luz, acaso llamársele
podría.
Valle de
luz aún cuando es la noche entrada
Pues no hay luna como esta de
nuestra tierra amada;
Tanto que, cuando en ella
ponemos la mirada,
Sentimos hasta el alma de
pronto iluminada.
Recuerdos
de la estirpe nativa, por sus bríos.
De lo alto del Ambato despéñanse
dos ríos:
Bajan amenazantes hacia los
labrantíos,
Braman por las quebradas como toros
bravíos. *
(*)
Este brillante tropo, que aquí
viene tan bien,
no es mío y, por lo tanto,
debo decir de quién:
Hallólo el gran poeta Luis
Franco describien-
do una de las crecientes del río
Belén.
El río
Tala, lleno de arrestos vocingleros,
Moliéndose entre piedras con
formas de morteros;
El gran Río del Valle, de
instintos leñateros,
Hurtando la hortaliza de
nuestros chacareros.
Pero una
vez caídos en el solar sediento
Pagan con sus caudales su mal
temperamento:
Y el Tala en los canales se
torna macilento...
Y el del Valle a la larga se
vuelve cachaciento...
El buen Río
del Valle; lo evoco a la distancia
Con sensación de viento, de
sol y de fragancia.
Por sus riberas fueron los días
de mi infancia...
Mis siestas de aventura, gloriosas de
vagancia. *
___
(*)
Pasa como dejándome el alma
oxigenada
el recuerdo de alguna
creciente presenciada:
Su rumor de tormenta, su olor
de madrugada,
¡oh el hondo y fuerte olor de la
tierra mojada!
A orillas de
este río, según los documentos,
Nuestras primeras casas
tuvieron sus cimientos
Allá por los arrimos del año
mil seiscientos
(Por año más o menos no habrá
disentimientos).
A la
margen izquierda, los colonizadores
- Tan pronto guerrilleros, tan
pronto labradores -
Fundaron sus poblados a cosa de
sudores
Plantando algodonales por los
alrededores.
Allí son
las primeras mercedes que se dan:
La de Nuño Rodríguez -Rodríguez
y Beltrán-
Que cultivan los indios de La
Puerta (Pomán)
Y es lo que Pomancillo más
tarde llamarán;
Las de
Luis de Medina, muy rancio encomendero
Que atendía sus tierras por
medio de poblero;
Y la merced de Pedro de
Maidana, el primero
En el simple y honroso linaje
chacarero. *
___
(*)
De don Pedro Maidana fue toda
esa región
Que Valle Viejo tiene por
denominación.
Allí tuvo su origen la
limpia devoción
Que viene a ser la sangre de
nuestra tradición.
A la margen
derecha, y hacia la serranía,
De otra merced el dicho Medina
disponía;
Allí un pequeño pueblo, que
Dios bendeciría,
Como una flor de aromo su corazón
abría.
Su corazón
de tierras dolientes y riscosas
Comenzaba a inundarse de
acequias luminosas
Pues ya por las profundas
quebradas silenciosas
Bajaba una creciente de
estrellas y de rosas.
Oh Choya,
nuestro Líbano, según en su tratado
El buen Padre Orellana lo llama
emocionado:
Oh Choya, magro y triste rincón
santificado:
Allí Nuestra Señora buscó a su
pueblo amado.
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III
Aquí
se dice cómo la historia de la Virgen
comienza de repente.
La historia
de la Virgen comienza de repente;
Así todo prodigio se suele
hacer presente:
La luz que nos alumbra fue
repentinamente
Y así será la hora del
Juicio, ciertamente.
Dios no
tiene presente, futuro, ni pasado;
Dios es lo repentino
eternamente dado.
Y como en cada cosa su autor es
reflejado
Toda cosa comienza como Él las
ha creado.
Mirad las
maravillas que el día nos ofrece;
Comienzan de presente, o, al
menos, nos parece:
Repentina es el alba, pues de
pronto amanece
Y nadie ve el instante preciso
en que aparece.
Tampoco
es, el comienzo de la noche, advertido;
Cuando nos damos cuenta es
porque ha oscurecido
O porque alguna estrella de súbito
ha encendido
Su fulgor cuyo origen jamás es
sorprendido.
Mirad la
primavera, que tanto hemos mirado;
Siempre llega de pronto, como
algo inesperado.
Todo el año aguardamos y en el
menos pensado
Momento constatamos que el árbol
ha brotado.
Y pues,
como un principio primaveral debió
Ser aquel día oscuro que el
valle iluminó:
El día en que la Madre de Dios
aquí llegó
Y en la gruta de Choya su
Imagen floreció.
Primaveral
sorpresa tuvo que haber tenido
El valle al encontrarse de
pronto embellecido
Por esta Flor que nadie le había
prometido
Pero que, al ser nombrada, ya
había florecido.
Pues ya
había florecido la Siempre Bien Nombrada
Entre breñales ásperos
humilde y delicada.
La colina de Choya fue su
primer morada;
En una oscura gruta la hallaron
alojada.
La
hallaron unos indios, en una gruta oscura,
Como una flor del aire de
delicada y pura.
La tradición lo dice y el
tiempo lo asegura:
Aún vemos la colina, la gruta
aún perdura.
¿Quién
pudo aquí traerla? ¿Qué mano venturosa
Hizo a esta tierra obsequio de
Flor tan prodigiosa?
La historia en este punto se
queda silenciosa;
La tradición lo tiene por cosa
misteriosa.
Sólo se
sabe de esto que un repentino día
Los indios encontraron la
Imagen de María;
Y que secretamente le hicieron
romería;
Y que, seguramente, lloraron de alegría.
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IV
Donde se cuenta cómo un devoto labriego
halló
la Santa
Imagen
En esos
duros tiempos moraba en Valle Viejo
Un hombre que era de altas
virtudes fiel reflejo.
Varón de juicio recto y corazón
parejo
A Dios rendía cuenta pidiéndole
consejo.
Natural
de Vizcaya, lo podemos filiar:
Buen soldado del Rey, buen
cristiano a la par;
Y tan buen labrador como buen
militar;
Se llamaba este hombre: Manuel
de Zalazar.
Sirvió a
su Rey, en Chile, como cabal soldado;
Sirvió a nuestro suelo como
labriego honrado;
Sirvió a Santa María como
hijo señalado;
Y éste es, entre sus méritos,
el más recomendado.
La
Conquista lo trajo por tierra tucumana,
Y aquerenciado en ella quedó
de buena gana;
Obtuvo en Catamarca una merced
cercana
A las de Luis Medina y Pedro de
Maidana.
Allí,
como vecino de estancia o de alquería
(Que entonces no otra cosa
Valle Viejo sería)
Vivía este dilecto devoto de
María
En el temor de Dios y en su
santa alegría.
Mas, amén
de vecino y amén de labrador,
Como era varón justo y honrado
servidor,
El valle le tenía por
Administrador;
Le tenían los indios por juez
y defensor.
Y como
tal, sin duda, llegó a saber de oídas
Que desde hacía un tiempo, por
las anochecidas,
Enderecera a Choya los indios a
escondidas
Se internaban con lámparas y
velas encendidas.
Oyó que
en cierto oculto rincón de las quebradas,
Frente a una antigua gruta
prendían fogaradas;
Con música de quenas cantaban
sus tonadas;
Bailaban sus extrañas danzas
descompasadas.
Temiendo
que ello fuera cosa de idolatría;
Velando por los indios a
quienes protegía;
Quiso el buen vizcaíno, como
correspondía,
Averiguar la causa de tanta
algarabía.
Y fue
siguiendo rastros de aquella procesión
Y dio al fin con la gruta; y,
oh gran revelación,
Allí estaba una Imagen; y era
su filiación:
La muy santa y muy limpia y
pura Concepción.
Tenía de
española facciones parecidas;
Tenía de indiecita la tez
oscurecida:
En su expresión criolla ya
estaban confundidas
La raza redentora, la raza redimida.
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V
Se da la razón de como la imagen
fue llevada al Valle Viejo
No era aquel escondrijo residencia genuina
Ni adecuada a tan alta delegada divina.
No era cofre seguro ni propicia hornacina
Para imagen de joya tan legítima y fina.
Esto reflexionaba Manuel de Zalazar
Sin saber qué camino sobre el punto tomar
Pues, desgraciadamente, no había en el lugar
Ni residencia regia ni parecido altar.
- Oh, Santa Inmaculada y Pura Concepción -
Pensaba el buen anciano lleno de confusión -;
Tú que sabes lo mísero de nuestra condición
Comprenderás la causa de esta mi turbación...
¿Dónde habremos de darte rincón acomodado?
¿Dónde hospedaje digno de su significado?
Llegas tan de improviso que el pueblo, avergonzado,
Sufrirá más que nunca de verse tan privado...
En un silencio pleno de gracia y de ternura
La Virgen lo miraba como a una criatura;
Lo miraba la Virgen con expresión tan pura
Que el aire parecía llenarse de dulzura.
Mas, quien oye el silencio siente la poesía,
Y estaba el buen labriego como ebrio de armonía,
Pues por aquel silencio sagrado recibía
La musical palabra de la Virgen María:
Bendito sea el valle que por morada elijo
Porque en él tendrá gloria la causa de mi Hijo;
Y bendito su pueblo que en mi piedad cobijo,
Porque honrará en mi nombre la fe del Crucifijo.
No sea su pobreza causa de humillación,
Pues sólo amor le pido por buena habitación;
Y así, para hospedarme según mi condición,
Cada cual un palacio tiene en su corazón.
Tomo esta tierra simple por primogenitura;
Y me tendrán sus hijos en amistad segura,
Y me harán un santuario y entre ellos con holgura
Viviré como quiera que sea su ventura.
Así debió dictarle la Virgen "morenita",
Pues Zalazar, sintiéndose libre de toda cuita,
Puso sobre sus hombres a la Imagen bendita
Y la llevó a su casa, según palabra escrita. |
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VI
Se
dice cómo Zalazar
dio
hospedaje a la Reina
Como cabal cristiano, vivía Zalazar
Haciendo un verdadero santuario del hogar,
Como si adivinara su corazón sin par
A Quién, precisamente, tendría que hospedar.
Casa de labradores la suya, una cabaña
Un nido, que dijéramos, al pie de la montaña -;
Piso de suelo, adobes, techo de barro y caña...
(Como el hornero, el hombre, sin tierra no se amaña).
Dos piezas a lo sumo, con el galpón de usanza
Para guardar los frutos y enseres de labranza;
Y algún árbol de sombra y alguna bestia mansa
Para amistad segura y aliento de confianza.
Dentro, lo indispensable para saber vivir:
El santo Crucifijo que honrar y bendecir,
La mesa en que la vida se puede repartir,
El catre en que se nace y se aprende a morir.
Afuera, el campo a cuya ventura generosa
Confiaba el buen labriego su vida fatigosa,
Y el pequeño jardín cuya alma primorosa
Con amor educaban las manos de la esposa. *
___
(*)
Beatriz se llamaba su esposa, según diz;
Y él cultivaba tierras de algodón y maíz;
Y como tenían hijos era un hombre feliz
Con sus hijos, sus tierras y doña Beatriz.
En esa sencillez elemental de vida
Halló Nuestra Señora ternura merecida,
Pues como a Reina y Madre le dieron acogida
Y honraron su linaje con devoción cumplida.
Le erigieron, devotos, en el mejor lugar
De la casa un pequeño pero precioso altar;
Lo trabajó en madera el propio Zalazar
(San José desde el cielo lo debía guiar).
Las mujeres hicieron las telas de ornamento
¡Con qué amor bordarían y con qué sentimiento! -
Los vecinos, sumados al acontecimiento,
Brindaron sus oficios y su comedimiento.
Y estaba allí la Imagen, como en un relicario,
Junto al signo de su Hijo clavado en el Calvario.
Y he aquí, cada tarde, venía el vecindario
A hacerles compañía y a rezar el rosario.
Y así fue convirtiéndose aquella humilde choza
En huerto y residencia de la más pura rosa.
Y en medio de esa gente sencilla y candorosa
Debió Nuestra Señora sentirse muy dichosa.
Debió sentirse honrada según merecimiento
Pues no tardó en dar muestras de su agradecimiento
Brindando la alta gracia de su primer portento
A quien tan bien supiera brindarle alojamiento. |
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VII
Nárrase de qué modo la Virgen
compensó al piadoso labriego
Y fue, según nos cuenta la antigua tradición,
Que llegados los días de la recolección
Vio Zalazar sus tierras llenas de bendición;
Glorificó la blanca cosecha de algodón.
Guardando estaba el fruto de su honrado sudor:
Parte en el galponcito, parte en el comedor.
Y daba el campesino sus gracias al Señor
Al ver en tal compensa su afán de labrador.
Más he aquí, la dicha no siempre precavida,
Y tuvo el buen anciano desgracia inmerecida,
Pues una de esas tardes, hacia la anochecida,
Prendióse fuego el grueso de la cosecha habida.
¡Ay, como en un relámpago se ve la noche oscura,
Presiente el hombre al punto toda su desventura:
Ve en cenizas trocados su pan y albergadura,
Su abrigo en desamparo, sus fuerzas en flacura!
Prueba tal, a sus años, cierto no merecía;
Y como Job, amargo su corazón sentía,
Mas he aquí la Imagen de la Virgen María,
En ella buen escudo su corazón tendría.
Corrió, pues, al impulso de su desasosiego
Que apenas permitía la exclamación por ruego
Y confiando a la Virgen su suerte de labriego
Tomó la Santa Imagen y la arrojó en el fuego.
Como si una invisible llama las sometiera
Se extinguieron al punto las llamas de la hoguera.
¡Y qué mucho, si aquello no era labor, siquiera,
Para quien del Infierno las llamas redujera!
Con esta maravilla doméstica y sencilla
Que en su piadosa siembra fue la primer semilla,
Abrió para esta tierra la Virgen sin mancilla
Su inagotable fuente de amor y maravilla.
Honremos el milagro que dejo relatado.
Sea de todos visto, de cada cual contado;
Sea reconocido bendito y alabado
En toda la pureza de su significado:
Por él Nuestra Señora, con su habitual finura,
Nos ofreció la gracia de su amistad segura
Para vencer el fuego de la pasión impura
Y la devoradora llama de la amargura.
Por él quiso mostrarnos lo que su amor sería
En esta nuestra tierra secana y labrantía;
Fuente y abrevadura para la sed baldía,
Lluvia sobre la ardura mortal de la sequía.
Y sobre todo quiso, tal vez, Nuestra Señora
Anticipar su signo de Pacificadora
En ese gran incendio de furia abrasadora
Que vino a ser la larga guerra conquistadora. |
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VIII
De las pruebas de amor que dio
Nuestra
Señora a los indios de Choya
En tanto en la pequeña casa de Zalazar
La devoción doméstica se hacía popular
Y a la Virgen del Valle venían a alabar
Peregrinos de todas las fincas del lugar;
Allá en Choya los indios, presos de su hurañía,
Lloraban a la Imagen de la Virgen María.
Les desolaba el alma ver la gruta vacía,
Se sentían privados de amparo y compañía.
Y esto, para la Virgen, debió ser afligente
Pues sentía por ellos, muy evidentemente,
Esa especial ternura que toda madre siente
Por aquel de sus hijos más privado o ausente.
Mas ¿cómo darles prueba cabal de su intención?
¿Cómo indicio preciso, señal y persuasión
De que sus hijos indios dada su condición
Tenían bien ganado sitio en su corazón?
Un día, al despertarse, advirtió Zalazar
Que la Imagen sagrada no estaba en el altar.
Buscó en toda la casa sin omitir lugar;
Buscaba inútilmente, no la podía hallar.
Fue por el vecindario, recorrió la poblada,
No hubo estancia ni choza que no fuera avisada.
Nadie daba razones, ninguno sabía nada;
La población entera sintióse consternada.
Al fin, como guiado por un presentimiento,
Fue Zalazar a Choya, ya casi sin aliento;
Se encaminó a la Gruta, y oh singular portento:
Allí estaba la Causa de su contentamiento.
Tomó otra vez la Imagen como en el primer día;
Con ella dialogando volvióse a la alquería.
(Dicen que en el camino lloraba de alegría
Y entre lágrimas y rezo casi la reprendía...)
Ya de nuevo en la casa, con candor atrevido
Púsose a darle quejas muy grave y resentido,
En tanto se afanaba limpiando su vestido
De espinas y abrojos que se le habían prendido.
Decíale : ¡Qué traza de Madre del Señor,
Mira, llena de abrojos y espinas y sudor!
¡Y el manto que da pena, y el vestido peor...
Quién sabe si podremos hacerle otro mejor!
Mas no tardó la Imagen, conforme a su poder,
En volver nuevamente a desaparecer.
Tanto, que sus devotos dieron en entender
Que la Virgen quería santuario a su placer.
Y pues, se reunieron las gentes de la villa,
En comisión los ricos, los pobres en cuadrilla.
Y entre pobres y ricos, con devoción sencilla,
Le hicieron homenaje de la primer capilla. |
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IX
Se evidencia cómo Nuestra Señora del Valle
decidió la conquista
De nombres y de hazañas la historia necesita:
Nombremos al Teniente Juan Pérez de Zurita.
Cruzó la cordillera cuando era inexpedita,
Abrió la gran conquista de la región diaguita.
Tres ciudades al hilo, tres fuertes que serán,
Londres, Cañete, Córdoba - fundó en el Tucumán.
Con sólo sesenta hombres anduvo en tal afán.
Esto es lo que se llama ser todo un capitán.
Porque si bien se mira (y yo lo miro así)
No era hecho regalado ni cosa baladí
Largarse en esos tiempos por estos valles y
Meterse con el quilmes y con el calchaquí.
Repárese que entonces - palabra de cronista -
Todo era tierra ignota, fragosa e imprevista.
Ello para más honra del hombre de conquista
Y para mayor gloria del buen evangelista.
Y ampliando la azarosa noción de la aventura:
La sed, la puna, el hambre, las noches sin mensura,
La soledad poblada de fiebres y amargura,
Las marchas infinitas y la traición segura.
Todo esto está en la empresa de aquel conquistador
Guerrero de alto temple, sutil observador -
Que a fuerza de agudeza, de audacia y de valor,
Fundó las tres ciudades ya dichas en su honor.
Londres, en Catamarca, es de ellas la primera:
Ciudad errante y trágica como ninguna fuera.
Los indios no le daban tregua ni cabecera
Y anduvo en cinco puntos mudando enderecera.
Fue el año mil quinientos cincuenta y ocho cuando
En Quimivil la fundan con Árbol y con bando. *
A los cuatro años justos ya estábase mudando
Al valle andalgalense llamado de Conando.
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(*)
Hay quien habla del valle de Quimivil, pero hay
quien
Dice río y no valle. Todo puede estar bien,
Pues Quimivil fue un valle de Belén y también
Hubo un río así dicho y en el mismo Belén.
Pues entre tanto había la situación cambiado:
En Chile otro gobierno y aquí otro mandado;
Juan Pérez de Zurita depuesto y desplazado,
Gregorio Castañeda por sucesor nombrado.
Y como toda escoba nueva quiera barrer,
El dicho Castañeda comienza su quehacer:
Lo que Zurita hiciera se pone a deshacer;
Muy malas consecuencias trajo su proceder.
Muy malas consecuencias porque la brava indiada
Que por Zurita estaba más bien pacificada,
Con tantos movimientos se siente incomodada;
(No hay picazón que no arda después de ser rascada...)
De entonces el destino de Londres es andar,
Luchar, caer rendida, volverse a levantar;
Mudar siempre de nombres cambiando de lugar
Y siempre ante el asedio y en el peregrinar.
Londres, Villagra, Londres, San Juan de la Ribera...
Un día en cualquier parte y otro en otra cualquiera.
Un poco imaginaria y un poco verdadera
Esta ciudad a veces parece una quimera.
Con el Gran Alzamiento comienza su odisea;
¡A Londres! es el grito de ofensa y de pelea:
Y alrededor de Londres todo remolinea
Y a Londres se defiende y a Londres de saquea.
Seis años duraría la pavorosa gesta
Heroica y sanguinaria, magnífica y funesta.
Seis años de incansable bravura manifiesta
Entre la Fe y el mito, la espada y la ballesta.
En el solar diaguita, de uno al otro confín,
No habría otra consigna que luchar hasta el fin;
Pues ya por las quebradas de Sínguil y Hualfín
Corría inexorable la voz de Chalemín;
E iban los sigilosos guerreros calchaquinos
Cortando los atajos, copando los caminos;
Ora en agazapados avances felinos,
Ora en un torbellino de golpes repentinos.
Aferrada a su instinto de celo y de porfía,
Londres, bajo el asedio, luchaba en la agonía.
Por todos sus costados la indiada rebullía
Y un cinturón de miedo la población ceñía.
Allí probó su sangre corajuda y señera,
General benemérito, Don G. Luis de Cabrera,
Nieto de aquel famoso Juan de Garay que fuera
Fundador de ciudades, guerreros de primera.
Sin miras de refuerzos, librados a su suerte,
Con esa sed de vida que en fiebre se convierte,
Aún seguían poniéndole barreras a la muerte
Los desapoderados defensores del fuerte. |
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LOORES
I
Donde el autor invoca el buen ejemplo
de
Gonzalo de Berceo
Comience mi alabanza por invocar el estro
De quien en la alabanza fuera el primer Maestro:
Gonzalo de Berceo, cantor devoto y diestro;
Aquel que daba un verso por cada padrenuestro.
Maestro en el oficio de la cuaderna vía,
Juglar de cuatro santos y de Santa María,
Tu voz en nuestro idioma fundó la poesía
Juntando la belleza con la sabiduría.
Por cuanto en la plegaria te hiciste buen cantor
Para cantar la gloria de Dios Nuestro Señor;
Por cuanto en la poesía fuiste predicador
Honrando así el destino del versificador;
Por cuanto nos enseñas que el verso es un reflejo
Del Verbo que, en el alma, nos tiene por espejo:
Pido tu voz, maestro, recaudo tu consejo
Y en la cuaderna vía mis versos aparejo.
Tengo por bien sabido lo mucho que he perdido
En el afán nocturno del verso descreído;
Tengo por muy seguro que anduve oscurecido
Gastando malamente lo buenamente habido.
Pero hoy que el pensamiento volvemos a lo llano
Y amamos la palabra de modo más humano,
Quiero dejar que cante mi corazón cristiano
Con emoción de niño y acento de paisano.
A vos, pues, oh maestro de Berceo nombrado,
Acudo como hermano menor desaplicado;
Pues siguiendo tus pasos también heme encontrado
Del Amor Verdadero por fin enamorado.
A vos, noble poeta - jardinero que un día,
Cultivando esas puras rosas de poesía,
Descubriste en tu huerto (Mester de Clerecía)
Que la rosa más pura llamábase MARÍA.
A vos mi voz acude porque fuiste el primero
En orar con el júbilo musical del trovero;
A vos porque, rimando la oración del romero,
De lo bello mostrabas mejor lo verdadero.
Que tu estrofa, maestro cantor y peregrino,
Acompase mi aliento de plegaria y de trino.
Que tu verso me sirva de huella en el camino
Hacia el Yantar Sagrado y el Cáliz de Buen Vino.
Que tu música, agreste rector de la alabanza,
Convierta en oración mi canción de labranza.
Que tu alabanza, oh claro pastor de melodías,
Mis pastoriles rezos convierta en poesías.
Pues vengo yo también a ofrendar mis loores
A quien por su pureza fue elegida entre flores;
Por su bondad llamada Amor de los Amores;
Por su piedad nombrada Dolor de los Dolores. |
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II
Donde el que alaba apela a tres Virtudes
de
la Madre de Dios
Muy pequeña es mi voz, muy alto es el lugar
De Aquella a quien mi voz bien quisiera llegar;
Válgame, pues, sus propias virtudes para dar
Tamaño a mi esperanza de poderla alcanzar.
Válgame su pureza, para alabar en ella
La gracia del rocío sobre la flor más bella:
El lirio con su límpida tersura de doncella,
El jazmín, que en la tarde tiene algo de la estrella.
Válgame su ternura, para, en ella, alabar
La lumbre que en invierno dulcifica el hogar,
La maternal caricia y aquella voz sin par
Que la canción de cuna logró santificar.
Válgame su piedad - pues nadie sufrió tanto -
Para alabar en ella las virtudes del llanto:
Fuego que templa, bálsamo que redime el quebranto,
Agua lustral que nutre las raíces del canto.
Válgame su pureza, su bondad, su pasión,
Para dar a estos versos su justa condición;
Para que estas palabras hallen la inspiración
De la Misma que invocan desde mi corazón:
Nombro a la Pura Niña, sin pecado engendrada;
Nombro a la Esposa Casta, intactamente amada;
Nombro a la Madre Virgen, de concepción sagrada;
Nombro a la Vencedora de la serpiente alada.
Nombro a Santa María, madre de todo hogar;
Reina de todo reino, puerto de todo mar;
La misma que Gloriosa gustaban de llamar
Los que, antaño, guardaban sentido en el hablar.
La misma que, de un pueblo de pastores venida,
Sin mancha de pecado original nacida,
Fue entre sus hermanas la Única, elegida
Para traer al manso Cordero de la Vida.
La misma que, sabiéndose Madre del Redentor,
Por voluntad del Padre - que es Dios Nuestro Señor -
Y por amor del Hijo - que es el Supremo Amor -
Se aviene a ser la Madre de todo pecador.
La misma que, teniendo celestial residencia,
A ruego de sus hijos, por obra de indulgencia,
Baja un día de la alta morada y su presencia,
En esta nuestra tierra tan pobre se aquerencia.
Y en nuestra tierra queda, y, bajo nuestro sol,
Su faz se va tiñendo lo mismo que el mistol.
Ah, celestial y criolla; la fe que es buen crisol
Funde en su nueva imagen lo indiano y lo español.
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III
Donde se encomia el nombre lugareño
dado
a Nuestra Señora
A insta íntima presencia con que Santa María
En nuestra humilde tierra tomó ciudadanía,
Ángeles del idioma bautizaron un día
Con un nombre que es todo fragancia y poesía.
Para evocar tal nombre recuerde a cada paso
La oración con que el náufrago resurge del fracaso
(Aquella que rezábamos al alba y al ocaso,
Y que nos consolaba lo mismo que un regazo):
Dios te salve Reina y Madre de dulzura
Vida y misericordia (Madre de la ternura).
Y luego: A ti clamamos gimiendo en la amargura
De este valle de lágrimas que es nuestra desventura...
Y, por cuanto en un valle nacimos y sufrimos,
Y a Ella, Virgen y Madre, como hijos acudimos;
Virgen del Valle, Madre del Valle le decimos
Por el consuelo hallado y el valle en que lo hubimos.
Y así, bajo ese título tan caro a nuestro celo,
Quiero alabarla ahora en mi cristiano anhelo
De que la Imagen suya - que es tan de nuestro suelo -
Siga uniendo en nosotros la tierra con el Cielo.
Y al alabarla en nombre de la honrada comarca
Cuyas fronteras siempre su protección demarca,
El tiempo, con su justa palabra de patriarca,
Pongo en mi voz, por honra, la fe de Catamarca.
Ponga en mi voz, por honra, la devoción con que,
En la hora de la lucha, del hambre y de la sed,
San Fernando del Valle de Catamarca fue
Custodia de su Imagen y fortín de la Fe.
Ponga en mi voz, por honra, la firmeza de amor
Con que este pueblo simple, templado, soñador,
Modesto en la ventura y entero en el dolor,
Tiene en su Reina y Madre su espejo y mirador.
Y porque así tal pueblo, desde su primer día,
La sigue y sólo en ella se conforta y confía:
Señora es de este valle, con justa nombradía,
Por derecho de amor y de soberanía.
Señora de este valle, donde la prodigiosa
Rosa de sus milagros florece en cada cosa.
Pues es la Rosa Mística, la Verdadera Rosa,
La que hace nuestra tierra de pronto tan hermosa.
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IV
Donde el poeta habla a su tierra
que
la Virgen bendijo
Tierra de Catamarca, tierra en que yo nací;
Oh nunca bien amado solar del calchaquí;
Con la voz que me diste quiero elogiarte aquí,
Connatural recuerdo de lo mejor que vi.
Tierra de sol guerrero y noches nazarenas;
De cerros vigilantes y dormidas arenas;
Tierra de ásperos vientos y suaves yerbabuenas:
En ti se reconcilian cóndores y azucenas.
Tierra del algarrobo, patriarca vegetal;
Y del coyuyo, mágico pregonero estival;
Tierra de Pachamama, oh tierra maternal
(Aún oigo en las torcazas tu arrullo sin igual).
Tierra en que se compensan pesares con anhelos;
Sufrida, pero nunca privada de consuelos:
Si triste en tus nocturnos, hermosa en tus desvelos;
Si pobre de riquezas, espléndida de cielos.
Oh tierra casi humana cuando, en la soledad,
Los cielos y la tierra comparten tu ansiedad:
Y en sus cumbres lo íntimo se torna eternidad
Y en el valle lo eterno se vuelve intimidad.
Desde la lejanía que la nostalgia alcanza:
Bendita seas, tierra - te dice mi alabanza -;
Bendita en Fray Mamerto, tierra de la templanza,
Tierra mitad recuerdo y mitad esperanza.
Bendita seas, tierra, por tu mayor favor,
En las honradas manos de cada labrador;
Bendita en el milagro del fruto y de la flor
Por el que tú repites la voz del Creador.
Bendita en tu callada y antigua sencillez;
Y en tu humildad de vida, tan llena de honradez;
Y en tu hospitalidad y en tu desinterés,
Oh hidalga tierra mía, pobre y noble a la vez.
Bendita en esa paz que es el supremo bien
De tu ciudad, gemela de la antigua Bethlehem;
Y en la paz de tus campos evangélicos y en
La de los que en tu seno ya reposan su sien.
Y bendita en tu sol, de claridad fecunda;
Y en la montaña pétrea que tu ciudad circunda;
Pues de esa luz tiene algo la fe que nos inunda
Y que es, como tu roca de firme y de profunda.
Todo cuanto tú tienes propicio a la alabanza
Ya es bendito en la Imagen que inspira tu confianza;
¡Oh, Catamarca, tierra de salud y esperanza:
Nueva depositaria del Arca de la Alianza!
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V
Donde se reconoce a Nuestra Señora
como
razón de la conquista
Muy señores
de España a esta tierra vinieron;
Con bracos hijos de ella su
coraje midieron.
Aquí el hambre y la sed del
asedio sufrieron
Y como hombres de España
vencieron o murieron.
Codiciosos
algunos, otros más que abnegados;
Pecadores aquellos, éstos bien
ordenados.
Mas todos por la misma grandeza
confirmados
Y por el mismo fuego sus ánimos
templados.
(Grandeza,
la de Hispania, que aún nos conmueve tanto;
Fuego, el eterno fuego del Espíritu
Santo.
La noble espada puesta junto a
la cruz del santo:
Ley de caballería del Manco de
Lepanto.)
Nietos
del Cid, traían, con cruz y con espada,
De Santiago el Apóstol la
aventura sagrada.
Pero también traían, bajo la
fe sellada,
Tu devoción, oh dulce María
Inmaculada.
Tu devoción,
oh fresco manantial interior;
Fuente reparadora, fortaleza de
amor;
Refugio en que el vencido se
torna vencedor;
Razón de la conquista que hizo
el conquistador.
Razón de
la Conquista, pues tú, Real Señora,
Fuiste en definitiva nuestra
conquistadora;
Pues para tu alto imperio, que
al cielo condecora,
No hubo raza vencida ni raza
vencedora.
No hubo
raza vencida porque en tu advocación
Halló el indio, lo mismo que
el blanco, protección;
Porque, bajo el amparo de tu
dominación
Todos tuvieron sitio para su
salvación.
No hubo
raza vencida porque bajo tu manto
- Símbolo, como el cielo, de
tu dominio santo -
Igual abrigo hallaron, conforme
a su quebranto,
Los unos y los otros para
enjugar su llanto.
Y, como
tu infinita voluntad de clemencia
Siempre en el Padre encuentra
segura complacencia,
Para tus hijos indios habló la
Providencia
Con esa voz tan clara que
llaman evidencia:
Y he aquí
que son indios esos niños que un día,
En una oscura gruta de cierta
serranía,
Encuentran una Imagen que aún
nadie conocía
Pero a la que ellos llaman Mama
- Virgen María.
Y he aquí
que más tarde, llegada al fin la hora
En que la guerra cesa su obra
devastadora,
En tu imagen los indios
cautivos, sin demora,
Reconocen atónitos a su
Conquistadora.
Mas tú,
piadosa siempre, lejos de sojuzgarlos
En tu delicadeza sólo supiste
amarlos.
Y ésta fue la conquista de
Felipe y de Carlos:
¡Tú, Generala, fuiste primera en
conquistarlos!.
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VI Donde se dice
cómo
la
devoción sucedió a la conquista
Por esa
dulcedumbre con que tu providencia
Equilibraba el triunfo con la
benevolencia,
Aquella raza indómita se rinde
a tu presencia;
Se hace guardiana tuya, te jura
su obediencia.
Y ésta
es la maravilla por la cual, los que dieron
Testimonio asombrado de las
cosas que vieron:
Alma de la conquista te
llamaron, y fueron
Justos en la palabra cuando así
lo dijeron.
Alma de
la Conquista que, en síntesis cabal
Fue una conquista de almas, no
logro temporal.
Pues ve como, abolida la causa
virreinal,
Sigue intacto en nosotros tu
imperio espiritual.
Queda
intacto en nosotros tu glorioso reinado
Que es el del PADRE, autor de
todo lo creado,
Que es el del HIJO, Nuestro Señor
Crucificado,
Que es el del SANTO ESPÍRITU,
por Dios, santificado.
Y ¡cómo,
oh Capitana, no habías de triunfar
Si a tus propios vencidos venías
a salvar;
Si para ellos tu espada venía
a rescatar
En la gloria de Cristo su
puesto y su lugar!
Y ¡cómo
aquella raza no aprendería a quererte
Si eras toda ternura siendo a
la vez tan fuerte;
Cómo su vida y muerte no había
de ofrecerte
Si con amor llegabas derrotando
a la muerte!
Y, pues
que no hay pasado cuando hay integridad,
Hoy, casi a los tres siglos de
su cristianidad,
Gajos de aquella misma planta
de la heredad.
La misma flor te ofrecen de su
fidelidad.
La misma
flor, por manos iguales cultivada,
Vuelve a abrir su corola de
amor emocionada
Con la misma fragancia y con la
renovada
Firmeza que es la gracia del
alma enamorada.
Hoy, casi
a los tres siglos, vemos lo que se vio:
Cómo este pueblo tuyo, tuyo se
conservó;
Ni la desesperanza su fe
menoscabó
Ni en sus ojos tu Imagen el
tiempo diluyó.
En nombre
de esa entera firmeza de basalto
Que atestiguan los cerros del
Ambato y del Alto
Yo, hijo de este valle, tu
devoción exalto
Con la rodilla en tierra y el
corazón en alto.
Y porque
en tal firmeza, desde su primer día,
Esta región te tiene por su
lucero y guía,
Dígnate oír, oh clara,
siempre Virgen María,
El ruego que en su nombre mi invocación
te envía.
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VII Donde el poeta, en nombre de su pueblo,
pide mercedes a la Virgen
Virgen del
Valle, oh pródiga y fiel advocación
De la Llena de Gracia, perfecta
en su misión:
Mendigo de la gracia y de la
perfección,
Mi verso, que es de todos,
clama a tu corazón:
Consciente
de los títulos que entraña tu realeza,
Reina Madre de Dios y Celestial
Princesa,
Con tu misericordia mide
nuestra flaqueza
Y nuestros pobres méritos con
tu delicadeza.
Tú, que
por ser la casta Madre del Salvador
Eres la Tierra Virgen que dio
Trigo de Amor,
Abona en nuestra tierra la
sangre del Señor
Y fructifica en ella la fe del
sembrador.
Y pues
que eres también Espejo de Justicia,
Concede a nuestro pueblo
gobierno sin malicia;
(No sea el demagogo de adulación
ficticia
Ni aquel que por el mando
consuma su codicia).
Tú que
eres luminoso Trono de Sapiencia,
Haz clara entre nosotros la voz
de la conciencia;
Y la de los que enseñan la
Verdad y la ciencia
Para que ambas comulguen en
cada inteligencia.
Tú, que
eres bien llamada Causa de Nuestro Gozo
Por cuanto de lo hermoso nace
lo jubiloso,
Danos el don del canto para
cantar lo hermoso
Con sentimiento casto y asombro
fervoroso.
Tú, que
eres Vaso Pleno de Gracia, Espiritual;
Tú, el más claro y límpido y
puro manantial:
Multiplica las lluvias, da el
agua bautismal
Que redima a estos campos de la
aridez mortal.
Tú que
eres, en Ti misma, Casa de Oro, luciente
Recinto de la gloria de Dios
Omnipotente:
Abre un día tu casa
hospitalariamente
A este pueblo que supo vivir
humildemente.
Y, porque
también eres Vaso de Devoción,
Haz brotar de estos cerros la
fuente de la unción
Para que beba el hombre duro de
corazón
Y reflorezca en su alma la vara
de Aarón.
Tú que
eres - por brillante - la Estrella Matutina
- Fuente de luz purísima,
pureza diamantina -
Orienta nuestros pasos, las
sendas ilumina,
Guía a tus peregrinos de vida
peregrina.
Oh tú,
Puerta del cielo, Consuelo de afligidos,
Abre a nuestros mendigos,
recibe a los huidos;
Resarce a nuestros pobres y a
los desposeídos;
Asiste a los deudores en su
hora desvalidos.
Tú que
eres el Refugio final del pecador:
Reprime al desviado y encáuzalo
mejor;
Libra al desesperado de su
tremendo error;
Da amor a los que ignoran el
Verdadero Amor.
Salud de
los enfermos, calma del dolorido,
Tú que a cada impedido
devuelves su sentido,
Ruega por el negado que habiéndolos
tenido
Nunca por sus locuras los hubo
merecido.
Tú que
das luz al ciego, dala también a los
Que nunca la tuvieron para
mirar a Dios.
Tú que alzas al tullido,
Madre, levántanos
A los que somos débiles para
llegar a Dios.
Oh Reina
de los ángeles, profetas y patriarcas,
Y de todos los santos, pues
todo el Cielo abarcas,
Tú que eres la Inviolable,
sacra Foederis Arca:
Guarda al esperanzado valle de
Catamarca.
Guarda el
encanto bíblico de su naturaleza:
Sus montañas, sus rosas, su
cielo, su tibieza;
En los que están presentes tu
sin igual firmeza,
Tu hermosura infinita, tu paz y
tu terneza.
Conserva
en su benigna pureza la influencia
De este clima que es puro
gracias a tu presencia.
Vierte en los manantiales tu
saludable esencia;
Da a las hierbas la mística
virtud de tu asistencia.
Tú que
eres Madre del Pastor de los Pastores:
Guarda nuestros rebaños y tórnalos
mejores.
Tú: Madre Tierra Pura, derrama
tus favores
Sobre los que en la tierra
derraman sus sudores:
Protege
sus sembrados, huertas y plantaciones;
Bendícelos con justas
pluviales bendiciones;
Líbralos de las pestes y las
devastaciones
Como lo hiciste antaño y en
tantas ocasiones.
Ampara
nuestras vidas, haciendas y heredades;
Guarda nuestras campiñas,
aldeas y ciudades;
Une a todos tus hijos en todas
sus bondades
Y en sus merecimientos y en sus
necesidades.
Bendice a
nuestros niños, también a los ancianos,
En los que Dios nos vuelve más
tiernos, más humanos;
Y a nuestras tejedoras y a
nuestros artesanos
En quienes Dios nos habla por
la obra de sus manos.
Y sobre
todo, oh dulce Madre, merced te pido
Para los pobres que, ante un
destino inmerecido,
Emigran de esta tierra -
la tierra en que han nacido -
Con un dolor de pájaros
privados de su nido.
Y si aún
posible fuera, dispensa con cariño
A este cantor modesto (laurel
ninguno ciño),
Que quiso darte, en versos de
inquieto desaliño,
Con entereza de hombre su corazón
de niño.
VOTO
Oh Reina
de Paz, quienes coronaron tu sien,
Reina te proclamaron de este
valle también.
Que la paz de este valle, que
es nuestro sumo bien,
Te alabe en nuestro nombre por los
siglos. AMEN.
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La cadena de
oro
Historia
de un milagro
muy lleno de enseñanza
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Paisanos
de mi tierra y, en Jesucristo, hermanos;
Catamarqueños todos, vallistas y
serranos;
Y vosotros, amigos de cielos más
lejanos,
Peregrinos a quienes yo tiendo
mis dos manos.
Si tenéis
para oírme paciencia generosa
Y gusto por el verso, mayor que
por la prosa,
Os contaré por verso, con
voluntad gustosa,
De "La cadena de oro"
la historia prodigiosa.
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I
Comienza con una
gracia gratis dada
Érase un
caballero que del Perú llegó
(Como era forastero, su nombre no
quedó);
De la Virgen del Valle favores
recibió;
Ya veremos más tarde cómo se
los pagó.
Este hombre
cuyo nombre se da por olvidado
Era hombre de fortuna y a un
tiempo infortunado,
Que así suele el destino
mostrarse compensado
Cobrando lo otorgado con lo
necesitado.
Mal
repartida suerte traía el caballero:
Si enteramente rico, privado por
entero.
Pudiente por un lado, por otro
pordiosero:
En salud le faltaba lo que tenía
en dinero *
___
(*)
Más de media fortuna gastada llevaría
En trajín de doctores y de curandería:
Todos le prometían, ninguno le cumplía,
Enfermo y con dinero; dos males padecía.
Era gafo y
contrahecho amén de ser tullido,
Por tremendos dolores
continuamente herido.
De él pudiera decirse, conforme
a lo sufrido,
Que el Purgatorio en vida tenía
por cumplido.
Viajando en
su carreta se entera cierto día
De los grandes prodigios que al
pueblo concedía
La imagen de la Limpia Concepción
de María
Que en Catamarca, el valle, su
legación tenía.
Hizo el
tullido voto de peregrinación.
Mandó que lo llevaran donde la
Concepción.
Le habló con el prestigio de la
tribulación:
La Virgen lo escuchaba de todo
corazón.
Le dice el
promesante: - Dios te salve María;
Llena eres de gracia y de sabiduría;
El Señor es contigo, de tu
bondad se fía;
Mano que tú le tiendes jamás
vuelve vacía.
Dios te
salve, María, llena eres de gracia;
Piedad es tu consejo y amor tu
diplomacia:
No mires pues mis faltas, atén a
mi desgracia,
Bien sabes que no pido por maña
ni falacia...
Tú eres la
sangre intacta que Cristo ha consagrado;
Yo soy sangre maligna por obra
del pecado;
Haz valer en mi sangre la del
Crucificado
Que así mi cuerpo impuro será
purificado.
Dicha que
hubo esta súplica con ánimo ferviente,
Sobrevino un silencio muy grande
en el ambiente:
Y era que la Purísima, muy
silenciosamente,
Trataba de su caso con Dios
Omnipotente.
Y en esto
la gran gente que lo había seguido
Y estaba en el santuario con ánimo
dolido,
Vio cómo, de repente, parábase
el tullido;
Ya menester no había de andar
sobretenido.
Y en medio
del asombro de la feligresía
Salióse el hombre andando por la
capilla umbría.
Y afuera, por el valle, todo
resplandecía
Como si fuera un ángel la luz
del mediodía.
Cundió la
maravilla; todos la comentaron.
Mandáronse repiques,
"laudamus" se cantaron.
Al subsiguiente día los hombres
comulgaron,
Como se merecía la cosa celebraron.
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II
Muestra
cómo es de flaca
la gratitud humana
Fue el
hombre buen devoto y, a fuer de agradecido,
Donó a su bienhechora, de corazón
cumplido,
Una cadena de oro que habíale
ofrecido
Para dejar tan alto favor
reconocido.
Era, el ex
voto, prenda de gran quilatería;
Era de oro macizo (tres mil onzas
tendría);
Era una verdadera joya de joyería
Con su pendiente lleno de rica
pedrería.
Pero para
una Reina de aquella jerarquía
Todo tesoro fuera muy pobre regalía;
No hay oro en todo el mundo digno
de la valía
Y los merecimientos de la Virgen
María.
Esto debió
pensarlo, sin duda, el agraciado;
Empero, algo debía tener de mal
pensado
Pues resultó que luego, pensando
demasiado,
Del propio pensamiento salió
perjudicado.
Obraba
acaso el rico con ánimo sincero,
Mas el dinero nunca fue noble
consejero;
Y así que hubo cumplido su voto
el caballero
Saltóle a la conciencia la voz
de su dinero. *
___
(*)
Por cierto que la historia no dice nada de esto
Y yo lo doy, apenas, como un hecho supuesto.
En todo caso, sépase, que lo que manifiesto
Ni a la verdad lo sumo ni a la verdad lo resto.
Le dice: -
Mucha prenda la Virgen se ha cobrado
Por obra que tan poco trabajo le
ha costado...
Hiciste buen negocio, pues fuiste
bien curado,
Mejor lo hubieras hecho no habiéndolo
pagado...
Responde su
conciencia con este pensamiento:
"No se burle el tacaño del
agradecimiento;
Quien no paga en dinero no paga
en sentimiento,
Tanto más si al dinero le tiene
apegamiento".
Hecho este
juicio digno de espíritu sensato
Mandó por sus sirvientes atar el
carromato,
Agradeció a las gentes el
generoso trato
Y así se fue, dejando la tierra
del Ambato...
Pero un
viaje largo para una mente ociosa
Siempre suele ser cosa poco
beneficiosa;
De nuevo el promesante sintió la
fe dudosa,
Volvióle a la cabeza la idea
maliciosa.
La voz de
su dinero, que era la voz de Judas,
Zumbábale por dentro sus
"peros" y sus dudas:
Le decía que el Cielo no
precisaba ayudas
Y en cambio sí, en la tierra,
los pobres y las viudas...
Le decía:
- La Virgen no estuvo en sus cabales
Al aceptar prebenda de bienes
materiales...
Le decía: ...mal hacen por tanto
los mortales
Cuando así la acostumbran a
cosas temporales...
Todo esto
le insinuaba la mala voz ladina
Un tanto por soberbia y un tanto
por mezquina;
Y el infeliz dejábase clavar
aquella espina,
No sacaba razones de la razón
divina.
Nunca
cristiano tuvo mollera tan pesada:
Cuanto más daba vueltas, más la
sentía errada.
"Malhaya la conciencia que
cae en tal celada",
Pensaba, con el alma ya medio
acorralada.
Bien
hubiera querido ser hombre de pleitear
Y a la Virgen Purísima defender
y guardar;
Pero era un pobre rico, su
ciencia era sumar;
Su ciencia no servía para
glorificar.
Al fin, por
verse libre de aquella desazón,
Rindióse el muy cobarde sin
previa discusión.
A su mal pensamiento dio toda la
razón;
Así suelen algunos guardar su
religión...
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III
Y concluye enseñando la infinita
misericordia de la Virgen
Y sucedió
que habiendo llegado el caballero
Por el lado que llaman Santiago
del Estero,
La Providencia quiso probarlo por
entero
Poniéndolo en terreno más firme
y valedero.
Y allí topóse
el hombre, según nos es contado,
Con un amigo suyo muy íntimo y
probado
Quien, viéndole tan sano, se
queda como helado
Pues hasta ayer lo viera postrado
y desahuciado:
- ¿De cómo
y tan priesa vuesa merced sanó? -
Pregúntale en el habla que
hablaban los de pro;
Y el caballero cuenta lo que le
aconteció:
Cómo pidió a la Virgen, cómo
esta lo escuchó.
Mas, ay del
distraído que cae en tentación
(La tentación a veces no es más
que distracción),
De nuevo la malicia nublóle la
razón
Y el infeliz devoto manchó su
devoción.
Manchó su
fe diciendo, de mala voz tentado:
- La Virgen Nuestra Madre del
Valle me ha sanado,
Mas, gracias sean dadas, por el
favor logrado,
A una cadena de oro que yo le he
regalado...
En hora
mala dijo tamaña necedad;
Por ella cuatro veces faltó, de
falsedad:
Faltó a la Purísima, falto a su
piedad,
Faltó a su palabra, faltó a la
verdad.
Noramala
tuviera tan necio parecer,
Pues esa misma noche pagó su
proceder:
Se apareció la Virgen en todo su
poder
(La historia no lo dice, pero es
de suponer):
- Yo soy la
Inmaculada y Pura Concepción -
Diríale al ingrato la grave
aparición -,
Yo soy la que invocaste en tu
tribulación,
La que escuchó tu ruego de todo
corazón.
Yo soy la
que llamaste cuando eras desvalido,
La misma de quien fuiste
prestamente oído;
Aquella a quien lloraste con
llanto dolorido,
La misma de quien fuiste tan bien
compadecido.
Yo soy la
sangre pura que Cristo consagró
Y por la cual tu impura sangre se
redimió;
Yo soy la que ante mi Hijo tu
causa defendió.
¡Mira a quien tu liviana palabra
desdeñó!
Creíste
que podíase comprar mi potestad,
Creíste con el oro pagada mi
bondad.
Perdiste pues tus méritos de fe
y de humildad
Por los que te ganabas mi buena
voluntad.
Sabrás que
por humilde del Cielo fui llamada,
Que nunca de riquezas me tuve por
pagada;
De no, no me dijeran la
Bienaventurada
Madre de la Pobreza, fortuna bien
ganada.
Por cuanto
diste crédito a tu intención ladina
Y a mi Señor desplugo tu frase
tan mezquina:
Perdiste, desdichado, la voluntad
divina,
Perdiste mi ganada piedad y
medicina.
Así le
habría hablado, o en tono parecido,
Pues ello explicaría lo luego
sucedido.
Estaba el caballero más bien
entredormido;
Del sueño mucho bueno tenemos
aprendido.
Con las
palabras dichas, según mi conjetura,
Debió desvanecerse la celestial
figura;
Lo que pasó más tarde ya tiene
su escritura,
La tradición lo cuenta, por más
añadidura.
Diz que
despertó el hombre, por el amanecer,
Sintiendo que sus nervios volvíanse
a encoger;
Que el mal que padeciera volvía
a padecer,
Que se quedaba gafo como supiera
ser.
Sintió de
la parálisis la misma flojedad:
Como si se le helara toda la
voluntad;
De nuevo los dolores, y con mayor
crueldad,
Parecían cebarse de su
inmovilidad.
A sus
gritos acude la gente de la casa:
Quien corre por el láudano,
quien sale por mostaza;
No hay qué no se le ponga, pero
el enfermo atrasa;
Nada hay que no se le haga, y el
mal no se le pasa.
Como la
cama estaba vuelta y desordenada
Buscaron los sirvientes dejarla
acomodada;
Mas he aquí que se hallan, cual
víbora enroscada,
Con la cadena de oro debajo de la
almohada.
Miró el
desventurado su ex voto rehusado;
Reconoció su culpa, dolióse del
pecado.
De nuevo fue a la Virgen contrito
y enmendado:
¡La Virgen sintió pena de
haberlo castigado!
Pues si es,
Nuestra Señora, Espejo de Justicia,
Nunca de sus poderes se vale con
sevicia.
Y así que hubo el ingrato curado
su malicia,
Lo recibió de nuevo quien es
"Nuestra leticia".
Le perdonó
el agravio, le dio salud cumplida,
Y el peregrino tuvo lección bien
aprendida.
De entonces la cadena quedó por
bendecida:
Le dio Nuestra Señora virtud
reconocida.
Tal es la
bella historia de la cadena de oro
Que nos da buena prueba y ejemplo
que valoro,
De cómo Nuestra Madre se atiene
a su decoro
Cuando el desdén humano se jacta
en su desdoro.
Aprendan de
este caso los malagradecidos;
Consuélense del mismo los bien
arrepentidos;
Quien tenga de la Virgen favores
recibidos
Consérvese en su gracia, no pierda los
sentidos... |
Juan
Oscar Ponferrada:
Poeta y
dramaturgo nacido en Catamarca, República
Argentina.
Además de
escribir el "Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle",
es autor de
obras tales como: "El carnaval del diablo"; "Calesitas"; "La noche y yo";
"El alba de
Rosa María"; "Flor mitológica"; "El trigo es de
Dios" y otras. Nació en Catamarca el 11 de mayo de 1907 y
murió el 5 de septiembre de 1990
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